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lunes, 30 de abril de 2012

Seminario: Transferencia, Ética y posición del analista.


 Seminario: Transferencia, Ética y posición del analista.




Objetivo:

¿Qué es el analista? ¿Una persona, un titulo, un grado académico, una posición? De como nos posicionemos y cual sea la respuesta que demos a esta pregunta tendrá implicaciones absolutas en nuestro hacer.. Modelo para el yo del analizante, superyó benévolo, quien repare las frustraciones infantiles, etc, 
Múltiples respuestas que tocan al hacer.
Y si tocan al hacer, tocan la dimensión necesariamente ética de la posición del analista y cómo se llega a ella. ¿Cómo se forma una analista?. 
¿Cual es la posición del analista en la transferencia.? ¿Qué es la transferencia? Una repetición, una fantasía.
Todas esta preguntas guiarán nuestras lecturas.

Imparte:

Héctor Escobar S. Psicoanalista. Lic, en psicología por la UNAM; maestría en Teoría Psicoanalítica por el CIEP  (Centro de Investigaciones y Estudios Psicoanalíticos); maestro en Filosofía por la UNAM y candidato a doctor en Filosofía. Ha sido profesor del departamento de filosofía de la Universidad Iberoamericana, de la licenciatura en psicología de la Universidad de Londres, de la maestría en Saberes sobre Subjetividad y Violencia del Colegio de Saberes. Miembro de Grupo Metonimia y de Dimensión Psicoanalítica en donde ha impartido numerosos diplomados sobre la obra de Freud y Lacan. Autor del libro Sujeto y Psicoanálisis, Hacia una arqueología de los discursos psicológicos; coautor de Límites de la Subjetividad y de Schreber: los archivos de la locura, así como de numerosos artículos y conferencias sobre psicoanálisis y filosofía.

Dirigido a:

Interesados en la psicología, el psicoanálisis, la filosofía, y áreas afines en el campo de las ciencias humanas.
Por razones de espacio el cupo está limitado a 12 personas.

Duración:

Se impartirán un total de 15 sesiones los días sábados de 3.30 a 5.30 pm. Inicia el 26 de mayo de 2012.

Costos:

Un pago único de 2000 pesos al inicio del seminario, o dos pagos de 1250 pesos, uno al inicio y otro en el mes de julio. Deposito en la Cuenta 1127291515 De Bancomer a nombre de Héctor Escobar Sotomayor.

Reconocimiento:

Se imparte constancia con valor curricular por 30 horas a cargo de Grupo Metonimia. http://grupometonimia.org/

Informes:


Bibliografía:

La bibliografía se entregará en formato electrónico, al momento de la inscripción al seminario

  • Freud, S. Obras completas
    1. La dinámica de la transferencia
    2. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico
    3. Recordar, repetir, reelaborar
    4. Análisis fragmentario de un caso de histeria
    5. Análisis terminable e interminable
  • Lacan, J. Escritos
    1. La dirección de la cura y los principios de su poder
    2. Variantes de la cura tipo
    3. Intervención sobre la transferencia
    4. Seminario VII La ética
    5. Seminario VIII La transferencia
    6. Seminario XI Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis
    7. Seminario XVII El reverso del psicoanálisis
  • Kant, I. 
    1. Fundamentación a la metafísica de las costumbres
  • Safouan M.
    1. La transferencia y el deseo del analista.


  Temario:

    1. Ética y  moral
    2. La transferencia en la obra de Freud
    3. Diferentes lecturas de la transferencia (Strachey, Alexander, Harttman, Nunberg, sterba, etc.)
    4. La posición lacaniana
    5. El analista como lugar
    6. La neutralidad analítica.
    7. La ética del deseo
    8. La ética y el problema de la formación del analista
    9. Los 4 discursos
    10. El discurso del analista

viernes, 27 de abril de 2012

Sujeto y Psicoanálisis Capitulo IV.


Capítulo IV

Los límites del discurso

 


El nuevo orden

El pensamiento clásico define en Kant sus límites. Por un lado un Sujeto/yo trascendental, por otro el mundo de las empiricidades. Todo el universo de la exterioridad se acomoda y adquiere su posibilidad de existencia sobre la red y la trama que el orden y la mathesis le establecen; los espacios de una cuadrícula en la cual se acomodan los seres (historia natural), los bienes (análisis de la riquezas), y las palabras (gramática general). El hombre como empiricidad, aquello que Foucault establece en la época moderna como punto de unión de las nuevas empiricidades Trabajo, Vida, Lenguaje, no aparece aún en Occidente, sino con el derrumbe de este pensamiento. Bien sabido es que el discurso clásico quedará roto, cual anteriormente también se dislocara el discurso del pensamiento antiguo para darle paso. A fines del siglo XVIII cambia la forma en que se da la relación del pensamiento con el mundo; en tanto esta relación se sustentaba en la capacidad y en las posibilidades de la representación. En este terreno y del mismo modo, se verá trastrocado aquello que hemos llamado el discurso sobre la subjetividad. Aparecerán así nuevas posibilidades discursivas y será posible hacer nuevas preguntas. A partir de ese momento, en ese salto que se produce entre el siglo XVIII y el siglo XIX; en aquel espacio en el cual nos identificamos nosotros mismos; en ese nuevo terreno en donde se acomoda la episteme occidental, ha de producirse un nuevo lugar para los saberes por un lado; y por el otro, un nuevo lugar para el sujeto. Este lugar es el Hombre.
El Hombre es producto de un nuevo ordenamiento del discurso, de una nueva acomodación que define nuevas posibilidades de existencia en el discurso. Así, en torno a los tres órdenes elegidos por el análisis de Foucault, aparecerán tres nuevos elementos que habrán de actuar como base de este nuevo orden. El trabajo, con Adam Smith, se convierte en una nueva posibilidad en el terreno del análisis de las riquezas; es aquello que rebasa el límite de su posibilidad. Hay ahí, antes de cualquier cosa, antes que los bienes de la tierra y de las minas, antes que el oro y las monedas; un ser que trabaja y que produce. Un ser definido y temporal. Un ser que se aliena en su producto, en algo que se le escapa. El trabajo apunta así a los límites del ese ser y al hacerlo, abre paso al discurso moderno de la economía política.
 Por el lado de la historia natural ya se han agotado las posibilidades ordenatorias del carácter, este elemento con base en el cual se ordenaba la serie completa de similitudes y diferencias, ora era el tamaño de las hojas, ora la disposición de los pétalos, ora la similitud existente entre todos los seres voladores: insectos, aves, ardillas voladoras- y surgirá un nuevo principio ordenador de las empiricidades. Ya no es más lo visible -ese elemento tan privilegiado por el pensamiento clásico- lo que determinará el lugar de los seres en la cuadrícula del orden natural. Ahora el lugar de este nuevo saber es algo invisible, algo que no salta ante nuestros ojos. Surge así -con Cuvier- la organización como elemento estructurante de esta nueva empiricidad que es la vida; ahora el mundo de las cosas se divide en dos terrenos, lo orgánico y lo inorgánico; estableciéndose así la posibilidad de plantear una ciencia de la vida; una biología. Algo análogo se ha de mostrar en el discurso referente a las palabras. Aquello que en la época clásica se definió en torno a las posibilidades de una gramática general; en la cual el acento se ponía en la capacidad de significación, la que a su vez partía de una designación inicial a la cual se seguía por todos los laberintos de las hablas humanas. En este nuevo terreno, la mirada se dirigirá hacia otros lugares, hacia lo gramatical puro, aquello que rebasa los límites de la representación. Este nuevo terreno será la fonética; y a partir de este punto se planteará la posibilidad de una ciencia del lenguaje: la lingüstica. En todos estos movimientos se observa lo mismo: la imposibilidad de la representación para fundar a partir de sí misma aquellos lazos que permitan unir en un solo discurso los diversos elementos del mundo. Esta posibilidad se encuentra ahora más allá de los límites de la representación.
En el terreno arqueológico que tratamos de establecer, a partir de un análisis de los discursos de la psicología, no es sino hasta este momento, en ese movimiento que hace aparecer esta figura duplicadas del Hombre, este espacio de una exterioridad del sujeto en la cual el Hombre se reconoce; que podemos hablar propiamente de una psicología como un discurso que habla, opina y prescribe sobre el espacio interior de las mentes de los hombres. Este nuevo espacio es el espacio de la conciencia y es en la escuela alemana, Gall, Bain y posteriormente en la denominada psicología del acto, en donde encontraremos las manifestaciones de esta duplicación empírico-trascendental.

Los dos caminos

El pensamiento clásico, en su límite, se agota en dos posibilidades; en dos caminos que se abren al mundo luego del agotamiento de la representación como fundamento de la disposición y posibilidad del conocimiento de las empiricidades.  
El postular un sujeto, una conciencia trascendental y una razón pura permite abrir al pensamiento dos universos y manifestar claramente los límites de esta posibilidad: la exterioridad y la interioridad; sujeto y objeto. Por un lado, la posibilidad de que se dé la representación pone de manifiesto la existencia de un sujeto trascendental que determina los fundamentos y posibilidades de toda experiencia -las categorías a priori kantianas. Es este ser que representa, el que ordena el mundo. Por otro lado, en esa exterioridad, este mismo ser que representa al mundo aparece representado; duplicado en una exterioridad. Descubre así que es él mismo, y no otra cosa, el único posible fundamento de toda representación. Es una imagen que vuelve. Es en la reflexión, que la experiencia recorta y separa mundo y sujeto; y es también en ella, que el sujeto se encuentra a sí mismo, duplicado, recortado y representado en el mundo. El nóumeno, dice Kant, es incognoscible. No puede tenerse experiencia fuera de las categorías fundamentales de la razón pura; fuera de estos elementos a priori que sirven de fundamento a toda experiencia posible. Aquí se adivina ya el otro de los caminos posibles, una Metafísica Trascendental. El fundamento de las experiencias positivas aparece aquí; la incognoscibilidad y la irrepresentabilidad son las características fundamentales de lo nouménico. Vemos así desplegarse dos terrenos: Ciencia y Metafísica; que no son sino las dos posibilidades a las que lleva el agotamiento del modelo clásico y que constituyen el pensamiento contemporáneo.

El ser del hombre

En el centro de este movimiento aparece la figura del hombre, lugar de toda posibilidad de la experiencia y límite último de la trascendentalidad. La subjetividad adquiere así, en la época moderna, un nuevo rostro. El Hombre está aquí a sus anchas pues, de hecho, es el único lugar en donde es posible el nacimiento de esta empiricidad nueva. El fin del pensamiento clásico ha impuesto una duplicidad, el Hombre será ahora sujeto de las experiencias y al mismo tiempo aparecerá como objeto de las mismas, el Hombre es ahora aquello que conoce y que al mismo tiempo, merced a este movimiento de duplicación, puede ser conocido.
¿Cómo surge el Hombre en este lugar? ¿Qué elementos llevaron a que esta figura ocupara dicho lugar? ¿Qué diferencias hay entre este sujeto/hombre del pensamiento moderno y el sujeto del pensamiento clásico? ¿Que movimientos abre al problema de la subjetividad la aparición de los discursos llamados humanistas? A nuestro ver son varios los elementos que permiten este movimiento.  
  • La aparición de la historicidad como discurso de posibilidad subjetiva.
  • La aparición del discurso de las diferencias entre los hombres y como contraparte la aparición del discurso de la igualdad humana. Es en este terreno desde donde es posible plantear los modernos problemas sobre las personalidades, campo fértil para los psicologismos.
  • El paso de un saber que se establece sobre entidades generalizables y universalmente definidas (método científico positivista) y su contraparte que se establece como un saber sobre lo específico y lo individual como distinto de la entidad genérica en que se incluye (método clínico)

La intersección de estos elementos, lleva a una concepción sobre el sujeto radicalmente distinta. No se tratará ya más de discursos sobre un sujeto trascendental, como lo fuera en la época clásica. Sobre ese sujeto podríamos decir que todo está dicho. Ahora se trata de hablar sobre sujetos particulares, sobre personas concretas. En suma, sobre todo aquello que llamamos los individuos y las personas, sobre todos y cada uno de nosotros.
He aquí el privilegio de la diferencia sobre el anterior discurso que privilegiaba la similitud. No se trata de determinar un sujeto ni un discurso que englobe a todas las personas; un discurso que de cuenta de todos los hombres y en el cual la similitud -este carácter privilegiado- actúe como sustento o armazón. En los discursos clásicos se habla del sujeto como una generalidad y una abstracción. En los discursos modernos se habla ya de hombres y seres particulares sobre los cuales se hará caer todo el peso de una cientificidad en ciernes.
Se da un doble movimiento que marca el fin de la episteme clásica. Por un lado se pasa de un yo, entendiendo tal como un sujeto trascendental a un yo constituido como privilegio de la individualidad. Es aquí donde surge toda posibilidad de aquellos discursos que modernamente conocemos como psicologías, poco importa que el término haya sido usado con anterioridad -ya aparece en Wolff o en Juan Luis Vives. El análisis arqueológico muestra el lugar y el movimiento que hacen posible las psicologías modernas (o al menos gran parte de ellas) a partir de la duplicación trascendental del hombre como sujeto y objeto del conocimiento.
Esta duplicación del sujeto, se da al interior de un espacio y probablemente se encuentra claramente manifiesta en la disputa que en dicha época se da entre las llamadas psicologías del acto (Brentano, Lipps, Cornelius) en oposición a las psicologías del contenido (Ebbinghaus, Mach, Avenarius y Kulpe). El modelo psicológico de la época clásica prescribía -lo hemos señalado- el estudio de lo que ocurría al interior de la mente -en el cerebro-, en relación con aquello que se producía en la exterioridad, era una física del sentido exterior como diría Canguilhem. En la psicología del contenido se reunían cinco características importantes:
  • Se trataba de una psicología introspectiva cuyo tema de estudio era la conciencia
  • Se trataba de una psicología sensacionista pues era a partir del estudio de los fenómenos de la sensación que era factible estudiar los contenidos de la conciencia.
  • Se trataba también de una psicología elementalista pues consideraba que existía una base común para toda sensación la “química mental”, es decir la mezcla de los elementos que daban forma a la sensación.
  • Era una psicología asociacionista pues establecía a la asociación como el mecanismo de formación de los contenidos compuestos de la conciencia.

Sin embargo, como bien podemos ver, el suelo epistemológico de esta psicología científica de mediados del siglo XIX consiste tan sólo en un perfeccionamiento de la psicología fisiologista de la sensación que ha impregnado la época clásica. El terreno de su construcción es el mismo. Hay mejores técnicas, se reconoce que hay impulsos nerviosos de naturaleza eléctrica, se reconoce al cerebro como el órgano donde se encuentra esta mente incluso se llevan a cabo enormes mediciones (Fechner) o incluso análisis experimentales (el laboratorio introspectivo de Wundt). No hay en ello ninguna novedad.

jueves, 19 de abril de 2012

Sujeto y Psicoanálisis. Capítulo III


Capítulo III

Sentir

 

La invención de la mente

La época clásica llevó así a una división del mundo en dos terrenos: un mundo exterior asimilable a la res extensa cartesiana y como contraparte un lugar interior en donde se representa o reconstruye el mundo de las empiricidades, la res cogitans. Como hemos señalado no es sino la idea de un Sujeto/Yo definido por la conciencia, la que sirve como garante de este orden. Para la época clásica, saber se ha convertido así en un representar.

Por el lado contrario, en el otro nivel de la episteme clásica, en ese espacio interior en que se ha dividido el espacio de los saberes, surge un saber específico, una ciencia interesada en el conocer sobre los modos de la percepción, de la sensación y de las emociones; de todo aquello que colma ese espacio interior de la recién inventada mente; ese espacio interior en el cual se define el Sujeto/Yo. El siglo XVII y la época clásica abren aquí el paso a una nueva empiricidad: el saber sobre la mente; se trata de los discursos de las psicologías fisiológicas que se extenderán hasta nuestros días.

Este discurso sobre la mente y sobre los espacios interiores puede resumirse en un solo problema que funcionará como eje de la subjetividad en la época clásica. Este problema se refiere la alteridad radical que existe entre lo representado (mundo externo) y el pensamiento como representación, que no es sino el problema Sujeto/Objeto. Sobre este problema girarán otras inquietudes como la referente a la manera en que se da la relación entre los dos elementos de esta alteridad. La relación mundo exterior/mundo interior. De ahí, como veremos más adelante el privilegio que el discurso clásico otorga a la sensación.

Sin embargo, no es sólo el pensamiento cartesiano lo que ha llevado a este movimiento, si bien es probablemente, una de las formas que mejor lo ilustran. El mismo giro se aprecia en casi todos los principales pensadores y filósofos de la época clásica. Tanto si la idea aparece puesta en la mente por un Dios bondadoso, como es el caso del nativismo cartesiano y su doctrina de las ideas innatas (esas ideas puestas por Dios y que funcionan como prerrequisito para que podamos conocer algo del mundo). O bien, por el contrario, como lo postulado por los empiristas ingleses, especialmente John Locke, Hume y Hartley, para quienes la mente aparece como una tábula rasa en la cual el mundo marcará sus huellas como si de una plancha de cera se tratase. Ambas formas de pensar conciben el conocimiento como una representación del mundo. Empirismo y Nativismo, si bien concepciones opuestas en lo referente al origen de los contenidos de la mente, comparten un terreno común. Ambos abrevan de un mismo manantial. La separación del mundo en dos niveles. El corte introducido por el sujeto/yo de la conciencia entre un espacio interior y otro exterior, y la noción de la idea como algo que se produce al interior de la mente.

De este modo, y siguiendo a Richard Rorty, diremos que la filosofía clásica se ha convertido así y para este entonces, en una te oría general de la representación y por ende en una teoría del conocimiento. Este movimiento presenta a Occidente nuevas posibilidades empíricas; una nueva acomodación de los saberes, así como la aparición de saberes y posibilidades discursivas radicalmente novedosas; amén de la posibilidad de nuevos terrenos para el estudio y la disquisición de los filósofos. Entre ellos, merece nuestra atención como eje rector de esta disquisición, ese saber que se interrogará sobre las percepciones, las sensaciones ¿qué son? Deseos y las emociones y las voliciones no aparecen aún como empiricidades discursivas; aún no se producen los juegos discursivos que han de articularlas. Todas estas preguntas, esta psicología clásica, no se dirige sino al acto del conocer y a esta mente que conoce el mundo. Son a la vez, y esto es esencial, preguntas sobre este Sujeto/Yo definido por la conciencia.

La mente tendrá su lugar en la corporeidad. Tiene sin embargo, un lugar privilegiado: el cerebro. El cerebro que aparece así como este espacio interior que abre también la posibilidad de varios problemas y cuestionamientos; los fundamentos de una ciencia de la mente y de los estados mentales, que puede definirse como el problema de la conciencia. ¿Cuál es la relación entre los estados intencionales de la conciencia con determinados estados neurales? ¿Qué ocurre en mi interior cuando percibo el aroma de una flor y lo distingo claramente del de una apetitosa comida? La noción cartesiana de la idea clara y distinta.

Las psicologías clásicas son discursos sobre las sensaciones de los hombres, sobre la manera en que esta mente conoce el mundo y ocupan un terreno común a todo el pensamiento clásico. Así, el viejo problema de elegir entre un dualismo o un monismo  tan caro a los filósofos preocupados por el problema cuerpo mente no resulta ser sino el espacio desde el cual se dan respuestas y con ello se enmascara, un problema aún más radical; aquel que la arqueología señala en el vértice mismo del pensamiento clásico como la piedra angular que lo sostiene. La división del mundo en dos niveles y con ello la invención de la mente como un espacio interior definido por la conciencia.

Los modelos psicológicos, tan propios de estos últimos cuatro siglos, ilustran claramente esta escisión del mundo en dos niveles: palabras y cosas, mundo exterior y representación interior; reconocen en ellos varios lugares y establecen así distintas posibilidades, agotando de este modo el juego de la duplicidad del mundo. Habrá así respuestas Dualistas (aquellas que nos hablan de un mundo material y un mundo del alma) por ejemplo Descartes, Locke, y Leibniz. O por el contrario, se darán respuestas Monistas como en el caso del empirismo de Berkeley, así como el de las escuelas empiristas francesas como la del abate Condillac, o las de Mettrie y Cabanis. Desde el extremo racionalista al extremo empírico. Desde Descartes a Bain pasando por Locke, Hume y Hartley; todas las psicologías comparten un terreno común. Todas ofrecen respuestas a un solo problema que es el problema de la relación sujeto-yo/mundo. Ya sea la sensación proveniente de las cosas, en la primacía de lo corporal sobre lo mental; ya sea la razón la que crea el mundo, en la primacía de lo mental sobre lo material; ya que el hombre sea una máquina de sensaciones -Berkeley y Condillac- en donde es el mundo el que graba sus impresiones sobre la tábula rasa de la mente humana. Ya que haya ideas innatas puestas por Dios; o aquella otra solución que nos ofrece el paralelismo propuesto por Leibniz -y continuado en el terreno de la psicología por Wolff en su Psychologia Empírica - en donde las mónadas subsisten en su pureza siguiendo mociones relacionadas entre sí. Una sincronía sin causa ni efecto, mediada por un Dios encargado de mantener el mundo en esta perfecta armonía. El terreno que hace posible estas empiricidades y establece la posibilidad de hacer estas preguntas es uno y el mismo.

El imperio de los sentidos

El problema de la sensación ocupará así el primer y principal lugar en los discursos psicológicos del siglo XVII y de la época clásica. Cualesquiera que sean los modelos (monismo/dualismo, interaccionismo/paralelismo), la pregunta girará en torno a la manera en que el mundo se presenta a los sentidos, pero más concretamente, en torno a ese puente, siempre endeble y siempre inaprehensible que une ambos reinos; esa mediación entre el mundo exterior y el mundo interior.

Así el siglo XVII se pregunta ¿cuál es aquí el papel de los sentidos? ¿Cómo ocurren las sensaciones? A ello obedece la gran importancia que adquieren en estos discursos las ilusiones, y los sueños. He aquí, en ese misterio que es la vista y en el ojo, en donde se ubica el lugar privilegiado por la experiencia sensacionista. El ojo es un modelo -paradigmático acaso- para las psicologías sensacionistas del siglo XVII. Por ello, Descartes dedica un trabajo especial a la dióptrica, por ello también lleva a cabo sus experiencias con el ojo de un buey. En Inglaterra, tiempo después, son la luz y su descomposición las que fascinarán a Newton.
Analicemos el espacio de estos juegos y movimientos que nos muestra el pensamiento clásico. Veremos así, en la experiencia sensacionista, el agotamiento del recuadro teórico sobre el que se muestran y despliegan las empiricidades así como los ámbitos discursivos sobre los cuales se constituye el mundo de los saberes y ante los cuales testimonian sus virajes. Así, para Descartes, el cuerpo humano no es sino una máquina animada por estas creaciones tan ad hoc que son los espíritus animales. Descartes es un dualista para quien el cuerpo es una máquina. Una máquina que recibe información del exterior a través de ciertos sensores especiales. En esta alegoría, todas las sensaciones, todos los dolores y todos los placeres, así como todos los movimientos y funciones del cuerpo se convierten en los procesos de la máquina humana. Estas energías discurren a través de los nervios; son los espíritus animales que produce el cerebro y que se mueven merced al calor del corazón. Viajan a través de los nervios que son cual tubos y llegan finalmente a los músculos a los cuales hinchan. El alma humana está separada de este cuerpo pero obra sobre él a través de la glándula pineal, punto precioso y único situado en el centro del cerebro. “Aunque el alma humana da forma a todo el cuerpo, su asiento se encuentra en el cerebro; y es aquí que lleva a cabo, no sólo el intelecto y la imaginación sino también la sensación”.

En la psicología cartesiana, las cosas del mundo tienen la capacidad de provocar un movimiento en nuestros nervios, que la mente interpretará como una sensación; mas no es, por ejemplo, el ojo el que ve, sino la mente, por medio del cerebro a través del ojo que recibe los corpúsculos de luz provenientes de los objetos.
En Inglaterra, en cambio, el empirismo y la noción de la tábula rasa de Locke establecen su preeminencia; la que seguirá aquí dos posibles caminos, que no son sino los dos extremos del terreno de lo empírico para la época clásica: el mundo externo y el mundo interno. Lo que lleva por un lado a la preminencia absoluta de lo interior, (subjetivismo) o por el otro, a la preeminencia absoluta del mundo externo (objetivismo). Monismo/Dualismo son aquí sólo puntos de referencia en un continuum que va de lo uno a lo doble. Se cae así en dos extremos, o bien nada existe y sólo existen las sensaciones, por ejemplo en el sensacionismo de Berkeley que posteriormente llevará, por ejemplo, a la psicología de Ernst Mach para quien solo es posible hacer una sola y única ciencia, la ciencia de las sensaciones.

La escuela empirista inglesa parte de Thomas Hobbes y su doctrina de que los contenidos mentales sólo eran producto de las experiencias sensibles. Sin embargo, fue John Locke en su Ensayo Sobre El Entendimiento Humano quien proporcionó la moderna definición de la Idea como aquello que ocurre en la mente y aquello que proviene de la experiencia.

“...¿De dónde aparece en el hombre la inmensa y variada cantidad de ideas que posee? ; ¿de donde aparecen todos los materiales que componen la razón y el conocimiento? A esto respondo con una sola palabra: de la experiencia. En ella se basa todo nuestro conocimiento, y es de ella que procede...”
¿De dónde proceden las ideas y cuál es el fundamento de la experiencia? Para Locke sólo hay dos fuentes posibles: la sensación y la reflexión. La sensación es lo producido por los sentidos y es la reflexión, lo que permite a la mente el pensar sobre estas sensaciones, la reflexión es una suerte de “sentido interno”. Las cualidades primarias, en tanto aquellas percibidas directamente por los sentidos son este puente -del cual ya hemos hablado metafóricamente - entre el mundo interior y el mundo exterior. Serán así cualidades secundarias aquellas capacidades (poderes) de los objetos para producir ideas que no se encuentran en los objetos. Son estos poderes o capacidades que tienen los objetos de afectar nuestros nervios... En Francia, con Condillac y su modelo de la estatua de mármol se recupera la noción lockiana. Es ahora a partir de la agrupación y complejización de las sensaciones y su posterior construcción, que finalmente se constituirá la idea de la rosa. Este modelo lockiano implica a su vez la posibilidad de una descomposiciónpaulatina y sucesiva de las ideas para llegar finalmente a la percepción simple y pura.

El sensualismo y la primacía de la experiencia llegan quizá a su límite con la doctrina empirista de Berkeley y posteriormente de Hume, para quienes lo único que existe son las sensaciones; toda la existencia objetiva se reduce así, en Berkeley, a la mera sensación. Posteriormente en Hume, incluso este mismo sujeto se reduce a un conjunto de sensaciones y experiencias. Pese a las apariencias no se trata sin embargo, de un giro epistémico, sino simplemente de llevarlo todo a uno de los extremos -el extremo subjetivo- el límite interior de este continuum en que hemos ubicado el discurrir de las psicologías y las teorías sobre la sensación que nacen en la época clásica. El mundo dividido, sujeto/objeto del clasicismo permanece bajo las formas aparentes en las que se oculta. Las formas de las psicologías de la sensación son muchas; se puede recurrir a la metáfora cartesiana de los espíritus animales o se puede recurrir a la electricidad co mo lo hiciera Volta en su experimento con las ancas de rana para descubrir así la existencia del impulso nervioso. Se puede recurrir también a la anatomía, y buscar de este modo los lugares de la mente y desentrañar la  estructura de este homo ex machina que es el cuerpo y que se inicia desde el pensamiento de Descartes para llegar al hombre máquina de La Mettrie. Las psicologías de la sensación ocupan un lugar arqueológico que responde a un problema creado por el pensamiento clásico. Habrá, ya lo hemos señalado, otros problemas y por ende otras respuestas. Así, las psicologías sensacionistas se elaboran sobre el marco de estas posiciones discursivas, son las hijas naturales de la filosofía clásica y del problema de la relación sujeto-yo/objeto que se yergue como su piedra angular.


Homo ex machina

Todo el espacio de las preguntas y todos los posibles discursos sobre la mente en la época clásica se remiten y giran sobre el único espacio de lo corporal. El homo ex machina de La Mettrie, que parte a su vez del modelo desarrollado por Descartes en las meditaciones, recorre y atraviesa todo el pensamiento clásico. Es la época de las clasificaciones psiquiátricas, donde cuerpo y mente son las dos caras de una misma moneda. Donde se reelaboran los discursos sobre las entidades patológicas. Donde se puede hablar ya de una locura, que se entenderá, sí, como mal funcionamientos de esta máquina humana.

La noción de enfermedad mental y con ella la noción de la mente como análoga a un órgano, que por lo mismo se puede enfermar, es producto del pensamiento clásico. Quedan aún restos de un pensamiento anterior como la clasificación de Plater que incluye entre sus enfermedades a la posesión demoníaca, pero poco a poco el cuerpo humano y sus lugares van ocupando el territorio que deja a su paso la semejanza. Se habla así desde el siglo XVII de enfermedades de los nervios. Neurosis es una palabra inventada en el siglo XVII. Así Cheyne (1671-1743) señala que un tercio de sus pacientes son neuróticos y Trotter escribirá su View Of The Nervous Temperament.

En el siglo XVII el cuerpo empieza a ser poblado de discursos y entidades como nunca antes lo fue. Todo el reino de los astros y de los humores vacían su carga sobre el cuerpo humano. La búsqueda del cuerpo de las palabras, del lugar de los procesos mentales, de las sensaciones, los placeres y los dolores, desemboca así en una fisiología del sistema nervioso que permitirá, tiempo después la fundación de la psiquiatría moderna por Pinel y Esquirol. Se crea así, ese ente curioso que es la Enfermedad Mental, entendida como enfermedad del cerebro.

Aquí el discurso de las psicofarmacologías encontrará su terreno. Mente y Cuerpo son las dos caras de la misma moneda para el pensamiento clásico. La mente como una corporalidad ha hecho su aparición. En el otro extremo, hay un movimiento más sutil al que nos lleva la imagen de la máquina humana. Es el modelo de la máquina sumadora de Pascal. El ser humano como una máquina que procesa información, que recibe datos y que los corrige, que acomoda sus sensaciones a lo que el mundo le indica; que aprende. Aquí por un lado las doctrinas sensacionistas que identifican lo mental con la sensación, por ejemplo el sensualismo de Condillac, pero que alcanzan su clímax con el psicologismo extremo de Mach “No hay sensación a la cual corresponda algo fuera de ella misma” . Por otro lado tenemos a Bain y la doctrina asociacionista, heredera de las doctrinas de James y John Stuart Mill, las que establecen el primado de la asociación como base del proceso mecanicista de la mente. El conductismo contemporáneo, desde Pavlov y su fisiología del sistema nervioso y de los procesos reflejos a la moderna teoría del aprendizaje de Skinner, pasando por Watson, son los representantes modernos de esta postura.

El doble lugar



Así, el pensamiento clásico ha producido un modelo del mundo zanjado en dos espacios (Fig. 11) Un espacio del sujeto, y un espacio de las cosas. Puede aquí privilegiarse uno de los dos polos estableciendo una continuidad (subjetivismo/objetivismo) o pueden privilegiarse dos interpretaciones en torno al problema materialismo/idealismo. Tendremos así los discursos interaccionistas que privilegian la orientación materialista por ejemplo el Tratado Del Hombre de Descartes o el Homo Ex Machina de La Mettrie.
En su contraparte se abrirán los discursos que privilegian la orientación idealista. En medio de ambas corrientes se situarán las teorías del paralelismo psicofísico de Leibniz y posteriormente la psicología de Wolff . Por otro lado, se puede privilegiar el espacio de las cosas como lo hacen los empiristas (Hume, Locke, Condillac) o el espacio de la sensación (Berkeley, Mach).

Una cosa se advierte; el espacio de las cosas adquiere sentido y reconocimiento a partir de la posibilidad de su representación. El mundo se ha vuelto una construcción interna -quizá lo único que exista sea esta construcción- pero poco importa. Es aquí la representación, el lenguaje como representación del mundo, lo que establece la identidad de las cosas del mundo y el orden de las empiricidades. En oposición, y como en un movimiento de resaca, el lenguaje nomina también a la interioridad; la representa y le da un nombre: Yo.
Es en Kant y en el sujeto trascendental que el argumento clásico encuentra su cierre y el límite de sus posibilidades. Al cuestionarse sobre las posibilidades de la experiencia y del conocimiento Kant, en su revolución copernicana de la filosofía, somete al análisis los fundamentos de la razón y demuestra que la espacialidad y la temporalidad como elementos a priori del juicio son anteriores en sentido lógico a cualquier experiencia y las establece como leyes universales y necesarias de la conciencia. De ahí se deriva la imposibilidad del conocer la cosa en sí, el nóumeno, separado de este momento empírico definido por la constitución espacio temporal de lo fenoménico. Ahí en este espacio de las categorías, en este lugar de las intuiciones y el entendimiento, en el lugar de esta estética trascendental surge el sujeto, el Yo trascendental, culminación del pensamiento clásico.

En el otro vértice, el mundo de las cosas se sustenta sobre los movimientos que ocasiona sobre la interioridad, aquí tenemos el privilegio de la sensación en las psicologías y en las filosofías de la época clásica.

sábado, 14 de abril de 2012

Sujeto y Psicoanálisis. Capitulo II

Capitulo II

La nueva episteme



Algo ocurrió en el siglo XVII que vino a representar un movimiento radical en el campo de los discursos y los saberes del mundo antiguo. Los movimientos interiores del pensamiento occidental abrieron el espacio a una nueva manera de pensar. De pronto, nos dice Foucault, se rompió la red invisible que unía las palabras y las cosas; de un momento a otro los hombres y el universo dejaron de estar unidos; se rompió el discurso de la semejanza que unía Macro cosmos y Microcosmos. Los signos ya no serían más la marca de las cosas; las historias no serían ya el producto de los designios, incógnitos pero cognoscibles -a través de los oráculos o la escritura oculta de las cosas. Hombre y cosmos estarán, a partir de ahora, separados irremisiblemente. De un momento a otro, cual el giro de un prestidigitador, surgió una nueva forma de pensar el mundo, una nueva episteme, en la cual palabras y cosas aparecen ahora separadas. De pronto se rompió la red invisible de la semejanza que unía el mundo. La semejanza dejó de ser la condición de la certeza para convertirse en la posibilidad del engaño. El signo de la semejanza no es ahora sino la posibilidad del error; y es especialmente en el pensamiento de Descartes, que surge un nuevo criterio. El rechazo de la semejanza y la posibilidad de hacer surgir así una nueva figura en su lugar: La Comparación de las cosas del mundo en sus dos formas: Medida y Orden.
Este es el terreno que nos muestra una arqueología del saber, la cual nos permite aprender los cambios en las formas de ordenar el mundo, la relación de las cosas con las palabras y de fondo la aparición de posibilidades y dominios discursivos nuevos, así como la creación de nuevos terrenos donde se desplegará el dominio de lo empírico. Este cambio atraviesa de cabo a rabo la época clásica y permite el surgimiento de uno de los temas que aquí nos anudan: La Representación. Este movimiento abrirá paso a nuevas posibilidades de estructuración y será el suelo de los discursos de la psicología que son el tema central de este trabajo.

Cogito ergo sum

“Mientras de tal modo rechazamos todo aquello de lo cual podemos tener la menor duda, e incluso imaginamos que es falso, fácilmente de hecho suponemos que no hay Dios, ni cielo, ni cuerpos y que nosotros mismos no tenemos manos, ni pies, ni cuerpo, en último término; pero no podemos suponer de la misma manera que no somos, en tanto que dudamos de la verdad de estas cosas; porque hay una repugnancia en concebir que lo que piensa no existe al mismo tiempo que piensa. Por consiguiente el conocimiento de que “pienso, luego existo”, es el primero y más importante de los principios ciertos que se me ocurren.”
El aforismo cartesiano sitúa como fundamento de la existencia al pensamiento; mas ¿Qué es este cógito cartesiano? ¿Qué nueva manera de pensar el mundo inauguró Descartes que repercute hasta nuestros días? ¿Cómo este giro del pensamiento occidental, ocurrido a mediados del siglo XVII, ha persistido como problematización?
Como es sabido, Descartes parte en su razonamiento de un proceso que se ha dado en llamar la duda metódica; es decir, no se trata de un escepticismo radical sino de un escepticismo metodológico. Las condiciones de posibilidad del pensamiento, para él, no se afirman en la certeza sino en la duda misma. Así se pregunta si es posible y coherente creer en lo que nos dictan los sentidos. La respuesta, ya la sabemos: No. Puesto que si mis sentidos me han engañado en otras ocasiones en las que he creído ver, he creído oír, o incluso he creído tocar innumerables cosas, pronto he comprobado -por ejemplo en el caso de los sueños- que las cosas que veía, las personas con quienes hablaba, incluso las sensaciones que recorrían mi cuerpo no eran sino meras ilusiones. Descartes se pregunta después, si me es dable creer entonces en mi cuerpo, mis manos, mi cabeza... es decir ese cuerpo que me constituye. La respuesta también es un no contundente; puesto que podría existir un demonio maligno que me engañase y me hiciese creer que tengo manos, cuerpo, cabeza, pies, etc. Sin embargo, y este es el planteamiento central del pensamiento cartesiano. Si este demonio me engaña, tiene que engañar a alguien. Puede ser que no tenga manos, tampoco cuerpo ni pies ni nada; puede ser igualmente que las personas que creo ver, los dolores y placeres que creo sentir, las flores y perfumes que me embriagan con su aroma y las texturas que me parece tocar no sean más que meras ficciones o engaños urdidos por esta inteligencia maligna; pero he aquí la clave: si me es permitido dudar de todo, evidentemente tengo que ser alguien: aquel que duda. Mi identidad se afirma en el pensamiento. Puedo no ser más que mero pensamiento, y que toda mi esencia se reduzca al pensamiento; pero aún así soy, mi existencia y mi ser tienen su garantía en mi propio pensamiento.

Cogito: Ego sum

“Ego sum” Yo soy. Si Descartes es, ¿qué es lo que es? ¿Es acaso ese pensamiento? ¿O bien, es él, René Descartes, el que piensa que existe y en esa medida existe? Esta “o” del piens(o) nos causa problemas. ¿Quién o qué piensa ahí?  
“Por la palabra pensar entiendo todo aquello de lo que somos conscientes como operante en nosotros”
“Yo soy, yo existo pero ¿cuántas veces? Solamente cuando pienso; porque podría ocurrir que si yo cesase enteramente de pensar, cesase igualmente por completo de existir”
“Con solo que yo dejase de pensar, aun cuando todas las restantes cosas que antes hubiera imaginado hubiesen existido realmente, no tendría razón alguna para pensar que yo hubiese existido”
Si bien el “pienso, luego existo” está construido a modo de un silogismo no se trata aquí de un argumento silogístico, no es pues una inferencia a partir de premisas; sino por el contrario, se trata de un autorreconocimiento en cuanto pensamiento que se piensa a sí mismo. Una cosa que es conocida por sí misma. El pensar es pues un autoconocerse, un conocer de sí. En este sentido quien piensa y por consiguiente quien es, es una conciencia, que podríamos leer como aquello que se conoce a sí mismo.
El “pienso, luego existo” es en realidad, y explícitamente en Descartes un “yo pienso, luego yo  soy”.

“... Mientras yo quería pensar así que todo era falso, era preciso que yo, que lo pensaba, fuera algo. Y advirtiendo que esta verdad: yo pienso, luego yo soy, era tan firme y segura que no podían conmoverla todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podría admitirla como primer principio de la filosofía que yo buscaba.”

Todo podría ser falso; pero las experiencias que del mundo tengo, son tales en la medida en que son procesos de los cuales conozco; de los cuales sé. En resumen: son procesos de los que soy consciente. A partir de la pregunta por lo dudoso del cuerpo (pues pudiera existir este demonio engañador) el Yo del “yo pienso” se sostiene independientemente de esa corporalidad. Se construye así para Occidente, en estas apretadas líneas, en esos cuestionamientos u objeciones, y en las respuestas que a ellas da Descartes; un sujeto que piensa. Un sujeto que es conciencia; un sujeto que es un Yo.
Este Sujeto/Yo deviene así en ese espacio de la interioridad desde el cual se reconstruirá la exterioridad del mundo y desde donde se ordenarán las cosas y los seres. El Sujeto permite escindir el mundo en una interioridad de los pensamientos y las sensaciones y una exterioridad de las cosas del mundo. De algún modo, el siglo XVII inventó una nueva construcción epistemológica a la cual Rorty ha llamado la esencia de vidrio y el ojo de la mente. El Sujeto/conciencia se ha convertido así, para el siglo XVII y la época clásica, en ese garante que el pensamiento antiguo ubicaba en Dios o en la Idea en tanto universal. El sujeto es así la vara con la cual se mide el mundo. Pensamiento, conciencia, Voluntad y Sujeto/Yo se desplegarán así y desde este momento, en una unidad que, apenas hoy -trescientos años después- empieza a resquebrajarse.

Representar

Gran parte de este movimiento que sacude a Europa en el siglo XVII, el surgimiento de esta nueva episteme a la que alude Foucault, no nos muestra sino la aparición de una nueva relación entre las palabras y las cosas. El pensamiento escolástico, como ya hemos visto, establecía que el pensamiento era una cualidad de lo real, un modo de ser de la cosa en la mente de los hombres, manteniendo el garante de lo universal en que este ser de la cosa se sostenía. Por el contrario, el pensamiento cartesiano opera aquí una suerte de inversión. En un mismo movimiento ocurre una separación en dos niveles del mundo: las palabras y las cosas. Lo que anteriormente no era sino una signatura universalis se convierte así en dos reinos separados. En un momento del siglo XVII, aquella unión se desintegra; y al hacerlo se da forma a dos universos paralelos. Un mundo interior y un mundo exterior; lo representable y la representación, un Inwelt y un Umwelt.
Mientras para el pensamiento antiguo las sensaciones que el mundo producía en el alma sensible eran tan sólo modos de ser de las cosas en mi mente; con Descartes la sensación pasa a ser una forma de pensamiento. Es sin embargo éste un giro curioso. El pensamiento que era puesto en mí sostenía su certeza en los universales; el pensamiento como lo que ocurre en mí -para Descartes- obtiene su certeza en un Dios bueno, un Dios, que al igual que el demonio maligno, podría engañarme pero que no lo hace. Sin embargo he aquí los dos momentos que nos interesan: lo absolutamente cierto, es decir que existo en cuanto pienso “cógito ergo sum”, y lo dudoso, aquello de lo que nunca podré estar seguro, lo que siempre es susceptible de no ser si no el engaño de un caprichoso demonio. He aquí que vemos recorrer al pensamiento clásico dos caminos paralelos. Por un lado el orden de las empiricidades que se despliega en el mundo y por el otro, un otro orden del mundo que se despliega al interior de mis pensamientos, en la forma de estas imágenes que aparecen ante mí cuando pienso; en la noción lockiana de Idea. Mas como señalábamos, es bien sabido que todo paralelismo sólo se sostiene en la imposibilidad de la intersección, en lo que nunca se ha de cruzar. En la imposibilidad de recurrir nuevamente a ese discurso que diera cuenta de las relaciones entre las cosas -la episteme de la semejanza- pues ésta ya ha caído, no es ahora sino la posibilidad del error.  
Mas ¿qué son estos dos órdenes? (Las cosas del mundo y su representación). Si no el momento de la separación de lo que antes estaba unido. No es gratuito este movimiento, sino que, por debajo de lo aparente, implica la aparición de una figura, un personaje novedoso que haga el corte. Esta figura no es aún el Hombre como empiricidad sino el Sujeto/Yo/conciencia; que no es cualquier sujeto, sino el sujeto cartesiano; el que aparece en el siglo XVII, antes que nada como un lugar, el lugar donde se da la posibilidad de toda representación; el lugar donde se manifiestan los pensamientos, esta cosa que conoce (res cogitans) y desde donde se recompone el mundo de las cosas (res extensa), postulado éste que alcanzará sumáxima expresión un siglo después en la filosofía de Kant.

Res Cogitans

El pensamiento de Descartes y la época clásica dividen el mundo en dos terrenos. Las cosas del mundo (Res extensa) y su contraparte, la cosa que piensa (Res cogitans). Si soy (es decir si existo), soy una cosa que piensa. “Sum res cogitans”. Un ser cuya esencia es el pensar. Mas podríamos aquí preguntar ¿qué es para Descartes -y con él para la época clásica- el pensar? El res, la sustancia es entendida aquí en una tradición escolástica; es una sustancia que piensa, una sustanciapensante, es decir una sustancia concreta, no una abstracción. Sustancia que en los Principios de Filosofía definirá como “aquello que existe sin que necesite de otra cosa para existir.” Sin embargo, aquí cabría una pregunta que ya le plantean sus contemporáneos. ¿Qué es pues esta cosa que piensa y cómo definirla? Bien claro es, por un lado, que la separación cartesiana, entre la res extensa y la res cogitans nos indica que mente y cuerpo no son la misma cosa. Así procede el argumento desarrollado en la cuarta parte del Discurso del Método y en la segunda meditación.
Pero ¿Qué son estas cosas que están en la mente cuando se piensa? Y ¿Qué son estas otras que llamamos voluntad, sentimientos y sensaciones? La respuesta cartesiana, como lo señala en varias de sus respuesta a las objeciones, es que las sensaciones, los sentimientos, y lo que llamamos la voluntad no son sino “modi cogitandi”, es decir formas del pensar. Únicamente pensamientos. Aquí se enlaza, a nuestro entender, el punto esencial del pensamiento cartesiano, lo que será para la época clásica el fundamento de la subjetividad. El pensamiento es todo aquello que ocurre en nosotros, de modo que somos conscientes de ello. Pensar y ser consciente de que se piensa no es sino una y la misma cosa. La conciencia es la base del ser pensante. Por ello para Descartes toda sensación, todo pensamiento y emoción, toda actividad de la “res cogitans”, es decir su modo de ser es necesariamente la conciencia.
Con esta visión del mundo cortado en dos niveles, una interioridad que será la Mente (res cogitans) y una exterioridad o mundo físico (res extensa), surgirá una nueva manera de definir el campo de los saberes. Ya no se tratará más de una erudición y una divinatio que permitan leer las marcas del mundo para rescatar el imperio de la semejanza detrás de las aparentes diferencias. Ya no se trata más de leer en las empiricidades las claves ocultas que unen Macrocosmos y Microcosmos.
Ahora, el saber -la ciencia- será representar el mundo de una manera precisa y coherente, establecer el orden de las cosas del mundo en una cadena continua. Por ello, nos dice Foucault, el terreno de las empiricidades aparece recorrido por las dos formas del orden: mathesis y taxinomia; discurso y profusión que llevan a plantear las posibilidades de un análisis de las riquezas, una historia natural y una gramática general.

jueves, 5 de abril de 2012

Sujeto y Psicoanálisis. Capitulo I

Capítulo I

El Discurso de las Semejanzas

“Lo de arriba es igual a lo de abajo”
Hermes Trismegisto

Homo Naturalis


Un libro de astrología del siglo XIV conservado en una hermosa miniatura, señala que el cuerpo humano está gobernado por los astros. Así, nos ilustra la figura de un cuerpo tachonado de nombres de constelaciones de pies a cabeza; las partes del cuerpo y los órganos internos: a Piscis corresponde el dominio sobre los pies; Tauro controla el cuello; como hay dos brazos, al igual que son dos los gemelos, Cástor y Póllux dominan las extremidades superiores; como el valor es una característica de coraje, la heráldica lo testimonia así, y el valor es representado por el león, Leo se yergue en el pecho y el corazón. Cada signo un órgano, cada órgano una insignia, todo en una perfecta armonía. Basta pues el estudio de estos signos para conocer al hombre, quien los porta en su cuerpo como una marca indeleble.
Hay muchas técnicas, muchas marcas, muchas lecturas; tantas como adivinos, como escuelas esotéricas, como charlatanes también. Ahora son los cuatro elementos los que rigen al hombre y habrá así caracteres de aire, caracteres de fuego, caracteres de agua y caracteres de tierra. Ora son los humores, estos líquidos que destila el cuerpo, los que imprimen su marca a los seres humanos; así tendremos biliosos, flemáticos, sanguíneos y melancólicos.
En otros casos, la semejanza no refleja el mundo, sino la presencia de otro tipo de elementos, tan naturales para el medieval, como para nosotros los átomos y las células. Así, de las viejas ideas de Pitágoras surge la numerología. Bastará ahora con examinar los nombres para reconocer en el resultado final que dé la suma de los valores asignados a sus letras, la señal del destino; la indicación prefijada por esta red que une todo el mundo de las cosas, desde los deberes a las obligaciones, los gustos, las posibles enfermedades, las mujeres a desposar, los hombres a quienes pertenecerá una joven...
La vida y la muerte, los achaques, los dolores de muelas, los amores, forman todos parte de una gigantesca red unida por la semejanza. El hombre está preso en ella al arbitrio de un destino que se le escapa. Sus más mínimos movimientos están escritos en el mundo; los señalan los astros, los señalan los números, los señalan los augures.
De este modo, para obrar sobre los hombres, será preciso encontrar en la naturaleza lo que ésta nos ofrece a modo de imágenes e imitaciones de los cuerpos humanos; a las que sólo hay que unir algo del individuo para influir en su destino. Tenemos aquí la hierba hepática con la forma de un hígado y que en virtud de dicha forma se haya unida a la víscera; por ello se utilizará para curar las afecciones que le afecten. La mandrágora, por ejemplo, ocupa aquí un lugar especial; esta pequeña hierba, cuya raíz asemeja la figura de un hombre es, para el medieval, no un símil, tampoco una imagen, sino un semihombre; fruto de la unión del semen de los ahorcados con la tierra. He ahí pues, que para procurársela sea preciso acudir al bosque en noche de luna llena, llevar consigo un perro al cual se le amarrará la cola a las hojas de la mandrágora, para que enloquecido la arranque y muera.
Los cuerpos humanos también pueden fabricarse, como ocurre con el homúnculo de Paracelso. Es necesario semen humano, una retorta, destilar ciertas esencias, mantener la retorta enterrada en estiércol de caballo y, al cabo de cierto tiempo, veremos formarse un pequeño homúnculo. Pasados nueve meses, cual si de una gestación se tratara, al romper la retorta tendremos al homúnculo vivito y coleando.
Los anteriores no son sino ejemplos de la semejanza que tan excelentemente estudiara Foucault. Un mundo unido, un mundo sin grietas, sin discontinuidades, un mundo en el que todo depende de todo; en el que el plomo puede transformarse en oro, así como el semen humano y el estiércol de caballo pueden dar por fruto una mujer dispuesta a complacer al alquimista. Un mundo en el que el destino de los hombres y los reinos aparece escrito en la esfera inmutable de las estrellas fijas y en el movimiento de los planetas; en donde la aparición de lo extraño, de lo ajeno, de aquello que viene a romper este orden, presagia también el trastrocamiento de las empresas de los hombres.


Fin y cataclismo

“...El 23 de octubre de 1671, a las siete horas de la noche, se vio un formidable cometa en Constantinopla... Con tanta luz que no hacían falta los resplandores del sol; en cuyo medio círculo tenía cuatro letras consonantes,  que según discursos de varios astrólogos cifraban: Redentor, Señor, Dios Nuestro; y otras el de Viva la Fe Santa: formábase este horrendo cometa de un círculo con la cauda muy extendida, y dentro de él una estrella y una cruz que atravesaba dicho círculo...”

El cometa representa el trastrocamiento del orden prefijado del universo, es aquel terrible designio que viene a romper la perfecta estructura del cielo. Aquello que, al trastocar los cielos amenaza también al mundo de lo infinitamente pequeño: los hombres.
Si hay un orden universal y una red que une lo celestial con lo terreno, el mundo de los astros y el mundo de los hombres; cualquier cambio, cualquier aparición y cualquier milagro -un cometa por ejemplo - son signos que avisan del trastrocamiento del sereno mundo regido por la semejanza y que implica así el trastrocamiento del orden de los hombres. Las historias son así para el pensamiento antiguo, el relato de los hechos que reflejan un orden oculto.
Hombres y naciones, estrellas y cometas, profecías y augures comparten una misma trama en la cual se entretejerán sus destinos. En el fondo de esta trama, en el límite mismo de la semejanza, en aquello que se escapa, en lo milagroso y lo horrífico, acecha la muerte y la pérdida del orden del mundo. Si tan sólo se pudieran conocer los secretos de este lenguaje del mundo, si sólo se pudieran entender y comprender los designios del buen Dios...
Será así necesario recorrer el mundo de las cosas como si de un inmenso libro se tratase, leer en las rocas, en los signos de los astros, en las entrañas de los animales y en las palabras de los profetas aquello que permanece oculto. Recuperar este idioma universal, perdido hace ya tanto, para poder así conocer los destinos de los hombres y los reinos. Así, la divinatio ocupa un lugar privilegiado como lectura de los signos ocultos del mundo. Adivino y Profeta son dos figuras singulares para el mundo antiguo. Uno conoce los signos del mundo, a su pesar quizá; el otro los busca afanosamente en estas marcas que el mundo le da guiándose a través de los arabescos de la semejanza.  
El fin de los tiempos, el cataclismo, no es sino una promesa profetizada, representa el fin de la trama de las historias del hombre; el fin de los reinos, la unión final de todo. Macrocosmos y Microcosmos hechos uno. Hombres y Dios en la misma línea. Por ello hay que estar atentos a los designios de Dios. Por ello, el cometa visto en Constantinopla es terrorífico y maravilloso. Nos señala la presencia ineludible de esa mirada que todo lo ve; por ello también es necesario estar alertas, prever la aparición de lo inesperado, que no es sino la muerte. El cometa es un recordatorio de lo que podría ocurrir, pues ya ocurrió, por ejemplo con el diluvio y con la destrucción de Sodoma y Gomorra. Ocurrirá después -no se sabe cuando- pero los profetas lo anuncian. El discurso del fin del mundo palpita.  


Ars Magna

El espíritu vital, este spiritu mundi de Agrippa o el Archeos de Paracelso se distribuyen en esta continuidad de lo divino a lo mundano. Aquí también es el hombre el punto medio. Paracelso y Agrippa son magos y médicos. El trabajo sobre el hombre -más bien diremos sobre los cuerpos; la cura de las enfermedades, desde un dolor de estómago hasta los partos, pasando por las manías, los dolores y las hemorragias, dependen de esta red infinita que marca la relación del hombre con lo divino y lo mundano en su papel de puente.
Teophrastus Bombastus Von Hohemheim, Paracelso es uno de los representantes por antonomasia del pensamiento antiguo. Médico, alquimista, astrólogo y te ólogo entre otras cosas, es su trabajo un excelente modelo de lo que podríamos llamar este pensamiento de la semejanza. En una época en que Occidente estaba regido por el imperio de la semejanza, él y Heinrich Cornelio Agrippa Von Netteheim se emparientan en el universo del pensamiento con Nicolás de Cusa y Giordano Bruno, probablemente los exponentes más conocidos de la llamada filosofía natural. Hombre, mundo y espíritu aparecen unidos para el pensamiento antiguo. El papel del hombre es el de un puente, pero un puente vivo entre el mundo de las cosas y el mundo de lo espiritual, verdadero enlace entre Macrocosmos y Microcosmos. La medida media, el lugar intermedio entre lo absoluto y la nada, entre lo más grande y lo más pequeño, entre las bestias y Dios. Así, las cosas del mundo están indisolublemente unidas a lo humano y el hombre indisolublemente unido a lo divino.
¿Cuál es el secreto de la alquimia? ¿Podremos reducir el trabajo de tantos hombres a un mero recurso de avaricia?. Dicen Pauwels y Bergier que hay más de cien mil libros y manuscritos de alquimia. En nuestro ver, la alquimia muestra aquí el producto de un pensamiento que le es propio y que es propio a su vez, de toda la edad media y lo que llamamos el pensamiento antiguo. El Ars magna ; el discurso alquímico aparece atravesado por toda una manera de conceptualizar el mundo  que le es propia.
La semejanza se deshace en la imagen de los opuestos; y los opuestos no son sino los dos extremos en que se desenrolla la trama de la semejanza, en la cual se sostienen. Cuando el alquimista busca el oro, lo hace a partir del plomo. El más excelso de los metales, la réplica terrestre del sol, de hecho el sol mismo, la sustancia áurea, se busca en su contrario, lo más oscuro gris y opaco. El plomo, el más innoble de los metales, oculta en sí la posibilidad de lo más noble y de lo más bello. La alquimia no es sino la paciente labor del artesano encargado a la permanente labor del lavador. Pues ¿Qué son esas continuas e infinitas diluciones y destilaciones sino un proceso de limpieza, sino un buscar en las profundidades de una retorta la señal irrebatible de la semejanza y de la continuidad que sostienen el mundo?


Figura 1


El Rosarium Philosophorum , muestra detrás de sus imágenes y sus palabras este movimiento interno del discurso de la semejanza. La separación y la diferencia inicial, al cabo del trabajo alquímico, mostrarán la semejanza y la unidad perfecta del mundo. Lo distinto y lo diferente no son sino formas de lo Mismo. Es uno solo el hilo que sostiene la trama de las diferencias. El rey y la reina (en la imagen 1) aparecen como el imperio de la diferencia. Sol y luna (Solis-Lunae) a sus pies, nos muestran el mundo de los opuestos, la unión no lograda. Conforme avanzan las láminas, y conforme avanza también el trabajo del alquimista, mientras se suman una tras una  infinitas diluciones y destilaciones, se va develando ante sus ojos la trama del mundo. La segunda imagen muestra desnudos a los mismos personajes, es éste un proceso de develamiento, un quitar los velos a la estructura de diferencia (Fig. 2). 


Figura 2


Paulatinamente, así lo muestran las imágenes, lo Distinto se funde en lo Mismo, ora requiérese de la limpieza como un continuo develamiento (Fig. 3), ora en la cópula que funde los distintos elementos del mundo (Fig. 4).


Figura 3



Figura 4

 La posición de la cópula sagrada de la diferencia, la mujer debajo, el hombre sobre de ella, nos muestra el lugar de los espacios, un espacio superior, y uno inferior; Macrocosmos y Microcosmos unidos.


Figura 5

Las alas que aparecen en las imágenes sucesivas (Fig. 5) nos muestran que lo humano y lo divino no son sino extremos en el discurso de la semejanza. Las figuras y las imágenes se confunden finalmente en un solo cuerpo. Macrocosmos y Microcosmos, masculino y femenino, hombre y mujer, sol y luna, plomo y oro, no son sino lo Mismo (Fig. 6). Pero la imagen muestra una sola unidad la unidad en la muerte. ¿Es acaso la advertencia de no trastrocar los designios del mundo? ¿De no intentar unir lo que es en origen distinto? ¿De no romper la estructura del discurso que hace posible toda semejanza y toda diferencia? ¿No es sino aprender el proceso posible de toda purificación y el develamiento continuo de las máscaras tras las que se oculta lo Mismo? (Fig. 7).


Figura 6



Figura 7

 ¿No es el renacer y la transformación del alquimista -y no la transformación del oro en plomo- lo que finalmente propone el ritual alquímico? (Fig. 8). ¿No es el objetivo de la alquimia demostrar que todo es lo Mismo? ¿Que hombre y mundo no son sino partes un Continuum  infinito que empieza en lo más abyecto y lleva a lo más sublime? ¿No pretenden acaso la alquimia y el pensamiento antiguo mostrar la unidad del mundo y el sometimiento de lo diferente a la red infinita de la semejanza que une cielo y tierra?



Figura 8

Los cuatro modelos

Hay así una época en Occidente en que los pensamientos y los discursos; el campo de los cuerpos y de las cosas; lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, Microcosmos y Macrocosmos, están unidos. La divisa hermética impera: “Lo de arriba es igual a lo de abajo” . El hombre es un Microcosmos que repite y refleja en su cuerpo el movimiento incesante del universo. La música de las esferas predetermina todas las posibilidades de la existencia. No es aquí lo mismo haber nacido en Piscis que en Acuario; ni tampoco es lo mismo estar marcado por el siete que por el uno. Sobre los hombres se desata así un Macrocosmos que los rige y cuyos designios se hacen valer sobre las carnes.  La teoría de los humores, en el nivel de lo microcósmico, no representa sino la encarnación de lo macrocósmico. Aire, Tierra Fuego y Agua son los cuatro elementos en los cuales se dividen y de los cuales se componen, en un infinito movimiento, las cosas del mundo. Estos cuatro elementos conforman y sostienen todas las cosas, es su círculo un movimiento completo de creaciones y destrucciones; de transformaciones de lo uno en lo otro; en la vuelta sin fin sobre lo mismo; el pliegue eterno del mundo sobre sí. Así los humores se crean y componen unos a otros. Cuando el alimento entra al cuerpo se cuece en el estómago y se transforma en una sustancia semejante a la leche de almendras, el quilo, de ahí pasa a los intestinos donde es atraído por las venas y llevado al hígado, en este órgano se cuece nuevamente y se convierte en quimo, sustancia roja y semejante al vino, se trata de la sangre, de ahí se difunde al cuerpo filtrando la hiel o bilis amarilla, posteriormente el bazo filtrará el humor negro causante de la melancolía. La descomposición de estas sustancias, cuyos humores llegan finalmente al cerebro son los causantes de las cuatro entidades patológicas de la medicina medieval. La flema da origen a la letargia, así el hombre se ve sumido en un sueño, obnubilamiento y sopor incontrolables. Un exceso de sangre ocasionará el frenesí, un exceso de bilis amarilla nos dará la manía y un exceso de bilis negra ocasionará la melancolía.
Las cosas buscan su estado natural, lo ligero busca lo ligero y lo pesado busca lo pesado, el calor busca lo cálido y el frío lo frío; domina la ley de la simpathia, así el fuego atrae al fuego como el agua atrae al agua. Los cielos y los hombres no son sino formas de los cuatro elementos. Habrá así caracteres de agua, de viento, de tierra y de fuego. También asimilables al ciclo estacional de primavera, verano, otoño e invierno. Habrá así flemáticos, biliosos, melancólicos y sanguíneos. Hombres regidos por el Sol, por la Luna, por la Tierra y por el cielo. Ora estos son guerreros y belicosos; los otros son tristes y lúgubres, prendidos siempre de los dolores y acongojados por las penas; aquellos son coléricos y a los demás nada perturba. La alegría y la tristeza representan dos de los extremos del cuadrángulo humoral (Microcosmos) que no es sino la repetición del cuadrángulo del universo (Macrocosmos). Los otros dos extremos son la cólera y la apatía. Al Sol corresponderá el fuego y a éste la sangre. Los nacidos bajo su imperio, los hombres sanguíneos serán pues fogosos y apasionados como el signo que los precede. Los nacidos bajo el imperio del agua serán fríos y tristes. Aquellos regidos por la Luna serán lunáticos. Los modos de ser, las pasiones de las almas, los deseos y los caracteres estarán así determinados por la misma ley que rige el universo.

Vemos así dibujarse en el plano de esta episteme la figura de un rombo en el cual se reflejan el hombre y el universo, Macrocosmos y Microcosmos (Fig. 9). El ciclo de la naturaleza Macrocosmos- representado en nuestro modelo por el ciclo estacional -primavera, verano, otoño, invierno- se refleja en el ciclo de la vida humana -infancia, juventud, madurez y ancianidad -Microcosmos. El cuadrángulo representa así, en nuestro modelo, un movimiento en sentido contrario a las manecillas de un reloj. Partiendo del extremo de la izquierda encontramos aquí en el ámbito de lo macrocósmico la primavera, el origen de la vida, el florecimiento y la germinación. A la primavera corresponden el humor sanguíneo, ¿no es la sangre acaso el líquido vital, aquello que más claramente representa para los hombres la vida? Sangre y fuego, unidos, el calor de la sangre y la pasión fogosa que la anima, el frenesí será el trastorno inicial de la sangre, la sangre -como el vino- obnubila los sentidos y el juicio. De la primavera sigue el verano, la estación de los frutos, los goces y los placeres; igualmente en la vida humana, la juventud es el ímpetu arrebatador. El viento lo simboliza, ese mismo viento que puede refrescar al viajero o derribar los árboles. El carácter del viento y su humor correspondiente es la bilis amarilla que inyecta la furia en las almas. He aquí el carácter colérico de los hombres en cuyo cerebro los vapores de la bilis amarilla han obnubilado los sentidos. Así pasamos al otoño, la caída de las hojas, la pérdida del ímpetu juvenil, pero también la capacidad de guiarse usando la experiencia. Aquí están los caracteres de agua, la madurez de la vida, ya no se guiará el hombre por el arrebato pasional sino por el sabio discurrir de los ríos. Al agua corresponde en este dominio la pituita o flema, el carácter centrado y circunspecto; su exceso en el cerebro ocasiona la letargia. El ciclo del mundo y el plegamiento sobre sí llevan al invierno, el fin de la vida, la muerte. Aquí lo frío destaca como en el verano el calor. Es el color sombrío y oscuro de la tierra a la cual el hombre pronto ha de partir. Así, el color de la tierra es oscuro como el del humor melancólico, la bilis negra. La tristeza es la emoción privilegiada y la melancolía el carácter correspondiente.



De las cosas y los hombres

Hombre y cosa, sujeto y objeto, cognoscente y cognocido no son para el mundo antiguo posibilidades del pensamiento en el mismo sentido que lo son para nosotros. La trama de la continuidad y la semejanza, apenas descifrable para los magos y los alquimistas, lo impregna todo. Todo está unido. Es así desde el inicio de los tiempos; desde que el hombre dio nombre a los animales y a las cosas del mundo; la cosa y la palabra que la designa son una y la misma. El tigre se llama así porque llevaba en su cuerpo inscrita esta palabra -así lo pudo leer Adán- según lo testimonia el Génesis; por esta misma razón se espera que los Marcos y Marciales sean guerreros, que otros hombres sean pastores, otro más artesanos y algunos otros, nada... Todo lleva la marca de las cosas y de las relaciones en las que se teje esta continuidad. No importa que las palabras se hayan perdido, que los idiomas sean distintos; en un origen había un lenguaje universal dado por Dios al hombre, el lenguaje que lo nominaba absolutamente todo. Este idioma se perdió, el mito de Babel así lo señala.
El ser de las cosas es claro y singular. Este ser aparece en cada elemento del mundo y el hombre lo puede conocer claramente. Basta seguir la marca de las cosas del mundo; el orden de las semejanzas posibles y con ella el orden de las relaciones ocultas pero evidentes por el signo de la semejanza. Lo que Foucault ha llamado las cuatro formas de la semejanza convenientia, aemulatio, analogía y simpatía, hacen posible toda forma de conocimiento. Desde la naturaleza de los animales, las plantas y las rocas hasta la naturaleza de los hombres.
Este problema o una buena parte del mismo, a nuestro entender, tiene sus raíces en una pregunta que atraviesa la edad media; el llamado problema de los universales. Ya así, Boecio en sus comentarios a la Eisagoge de Porfirio había señalado el problema género/especie y su relación con las cosas del mundo: ¿serán acaso entidades subsistentes o meros conceptos? ; si existen, ¿son materiales o inmateriales? ; ¿están separados de los objetos sensibles o no lo están?
En el fondo, esta pregunta -en especial en su tercera versión- nos ubica una forma específica de ver el mundo y a los hombres en él. ¿Existe acaso un reino de las Ideas, en el sentido platónico, en donde las cosas son limpias y puras en su ser? O, por el contrario, ¿todas las cosas son, en la medida en que son en el mundo? ¿Hay o no hay universales? ¿Cuál es la relación de estos universales con los particulares?
Sobre este discurso florecerá una buena parte del pensamiento medieval. En distintas formas será ésta la manera de hablar del hombre. Ya en la abismal diferencia agustiniana entre la voluntad divina y la voluntad creada, ya en este Reino de Dios o en el Reino de los Hombres. Lo que sobre el hombre puede decirse en la edad media estará marcado por estas formas. Ya se trate de los modos en que éste puede acercarse a Dios, de las cosas que a él agradan o que él detesta. No hay dudas en ello. Existe un universal que se autoriza en garantía de los particulares. Para cada árbol del mundo existe la garantía de un árbol ideal/universal y de este modo, se sostienen las cosas del mundo. Hay así ideas que, obtenidas a partir de la abstracción, tienen su existencia en los particulares, pero existen en tanto universales. En otro lugar encontramos aquellas ideas construidas a partir de la composición: como el centauro, compuesto de las ideas de hombre y de caballo. La idea final es así no natural, puesto que jamás hemos visto centauros en el mundo, pero si son naturales las ideas de lo caballuno y de lo propio del hombre con las cuales construimos esta quimera.
¿A qué todo esto?, ¿Qué pretendemos con esta construcción? Mostrar que el mundo es uno y sólo uno para el pensamiento medieval. Que las ideas y las cosas son elementos radicalmente separados de los hombres; perfectos en sí y cognoscibles en su propia perfección. Que si el hombre comete errores, estos son a causa de su confusión, de la debilidad de sus ojos, de lo precario de sus sentidos, o por otra parte, de los hechizos de los magos que pueblan el mundo medieval. Esos mismos magos que transforman a los gigantes en molinos de viento.
Cuando el medieval piensa en un árbol, el árbol existe independientemente en el mundo y la idea que de él tiene el hombre no es sino un modo de ser del árbol en su pensamiento. Tan natural es este modo de ser de las cosas en el pensamiento de los hombres, como lo es su modo de ser en la naturaleza. Dos caras de una misma moneda. Los sentidos pueden confundirse y hacernos creer que vemos centauros cuando en realidad vemos hombres a caballo. Pero, la idea, abstraída de las cosas particulares se alza en garantía de una verdad y de un discurso ordenado y plegado sobre sí. Es garantía además de un orden del mundo unido y regido por la semejanza.


De un Dios que no engaña

“Si fallor sum”, “si me equivoco entonces existo”; este es el punto a partir del cual construye Agustín su argumento en favor de la existencia de las cosas reales, de modo independiente a los errores personales que podamos tener en nuestra percepción. Del mismo modo, Escoto remite a la idea arquetípica como causa ejemplar. Desde este extremo platónico a su ápice aristotélico con Santo Tomás; desde la superioridad del alma en lo que respecta al conocimiento del mundo hasta la necesidad de lo corpóreo; se construye en la edad media la figura del hombre. Así, en Agustín, los elementos del mundo -es decir las cosas- actúan sobre el alma que las conoce; por el contrario en Tomás, los objetos actúan sobre los sentidos y estos sentidos se dan en el compuesto cuerpo/alma que es el hombre. El fantasma que aparece en la imaginación es el fantasma de un particular, a través del cual el alma humana conoce el universal. El entendimiento sólo puede conocer la esencia de la cosa en tanto ésta tiene ser.
Para el pensamiento medieval todo está del lado de afuera  -nosotros diríamos del lado del objeto- pero no hay que engañarnos, este afuera del que hablamos no se da sino en relación con un adentro -el hombre -. Para el medieval no hay, en modo alguno, tal adentro, esta interioridad de juicio y reflexión no ha nacido aún en Occidente; y por ende tampoco hay tal afuera. No hay aún sujeto/objeto como lo planteamos desde Descartes. Todo lo que hay son particulares y universales. Una misma base sirve de cimiento a estas construcciones, misma que después utilizará Descartes: Un Dios que no engaña.  Un Dios que garantiza la coherencia del mundo y de los seres que en él habitan. Un Dios que en su existencia sirve de camino para las voluntades, de modelo para los estados y para el comportamiento de los hombres; un Dios que juzgará los actos, un Dios del que se puede gozar y en el que se puede vivir en la contemplación. No en vano clamará Santa Teresa su “muero porque no muero”.



El cuadro del pensamiento antiguo (Fig. 10) se cierra así ante nuestros ojos.   En la parte superior el mundo de las entidades universales (Macrocosmos), los elementos (aire, tierra, viento y fuego) que son la base y la causa del mundo en su sucesiva composición y descomposición. Abajo el Microcosmos de las cosas particulares del mundo. Entre estos dos espacios aparece la figura de este ser humano ocupando el lugar de un puente. Unido a ambos reinos. Materia y carne lo unen al Microcosmos y al mundo de las cosas; alma e intelecto (chispa divina) lo unen al Macrocosmos y a lo universal. Las relaciones del mundo antiguo se dan en dos niveles y en dos formas. Por un lado es el Macrocosmos el que determina al Microcosmos, en una relación guiada por la semejanza que ordena el mundo de las cosas en acuerdo con ese mundo de arriba. Por otro, es la lectura del mundo de las cosas y de los signos ocultos que revelan la semejanza (la divinatio ) la que garantiza el orden de cielo y tierra.

lunes, 2 de abril de 2012

Sujeto y Psicoanálisis (Introducción)

Introducción

Partir desde Foucault. Compromiso que parece ineludible. Partir de una conceptualización. Caminar. A su lado quizá, si no es mucho decir. Acercarnos no desde Foucault, sino desde nuestra lectura de Foucault, a un problema. El problema de la aparición de una serie de discursos que se llaman a sí mismos, Psicologías. Proseguir su surgimiento, el espacio  discursivo que los hace posibles. Los pensamientos que las articulan; las problemáticas filosóficas en las que se sostienen las posibilidades de una teoría y una práctica psicológica. En resumen ¿Cómo aparecieron unos discursos llamados psicologías? ¿Son uno y el mismo o podemos hablar de discursos diferentes? ¿Hay una continuidad en estos o es preciso distinguir en ellos momentos, cambios -sutiles, profundos- cortes o rupturas?
Del mismo modo: ¿Cómo ha sido posible que hoy en día tengamos una serie –casi infinita- de prácticas que se constituyen sobre los seres humanos y que se sustentan en la presencia de un discurso psicológico que las autoriza? ¿Qué lugares ocuparon en otro tiempo estas prácticas? ¿A qué elementos obedecían, qué caminos pretendían trazar? Hoy en día: ¿Qué posibilidades las autorizan? ¿Cómo han construido su positividad?

Con Foucault

Foucault nos lo ha mostrado ¿Como verdad? ¿Como ficción?: el Hombre -y con él las Ciencias Humanas- responden a una constitución muy especial de la episteme del mundo occidental. Un pliegue que ha hecho aparecer en el campo de los objetos del conocimiento una nueva figura: El Hombre.
Situado en el terreno que recorren tres discursos paralelos: vida, trabajo y lenguaje. El Hombre aparecería -para Foucault- marcado de antemano por las posibilidades que delimitan estos discursos. El Hombre -desde la perspectiva foucaltiana- es un invento del siglo XIX y el producto del agotamiento de la Episteme Clásica. Sin embargo ¿Qué pasa actualmente con el Hombre y los discursos que sobre él se establecen? ¿Han alcanzado también su fin? ¿Qué nuevo giro en el terreno de los saberes ha venido produciéndose -a balbuceos- desde el inicio del siglo XX? ¿Adónde nos llevan las posibilidades de estos nuevos discursos sobre el ser humano?

La arqueología

Será ahora preciso intentar una definición de en qué consistiría la empresa arqueológica que aquí pretendemos. Empresa problemática, pues el concepto se ha prestado a un gran número de interpretaciones, e incluso es posible distinguir diversos momentos de definición al interior mismo de la obra de Foucault.
En principio, será preciso deslindar a la Arqueología de una Epistemología y de una historiografía, conceptos con los que podría confundirse o a los que podría asimilarse, tanto en lo que respecta a sus técnicas como en lo que respecta a sus objetivos.
Es preciso para ello, como propone Davidson distinguir tres momentos en la obra de Foucault que nos servirán de guía para nuestra propuesta arqueológica. El primero de ellos correspondería a la Arqueología cuyo eje serían los sistemas de conocimiento. El segundo sería la Genealogía que giraría en torno al problema de las modalidades de poder y el tercero aparecería constituido por la Ética cuyo eje serían las formas de relación del Yo consigo mismo.
Para Machado, la principal diferencia entre la arqueología y la epistemología se encontraría en el carácter de las historias que es posible hacer con ambas metodologías. Para la epistemología la ciencia aparece como el lugar donde se produce la verdad y esta verdad sería a su vez productora de racionalidad. Así sería posible conceptualizar la labor de la epistemología como la crítica histórica de los discursos científicos a partir de su relación con la verdad y la racionalidad. En este lugar cabría suponer un avance de la ciencia que iría en una línea progresiva desde la ignorancia al conocimiento.
A este respecto, es pertinente indicar que la epistemología francesa ha desarrollado, sobre todo por obra de Bachelard y Canguilhem algunos importantes elementos que dan mayor claridad al problema de una arqueología. Uno de ellos  se refiere al criterio de la racionalidad. En este caso, la pregunta gira sobre la existencia de una sola racionalidad general que garantizara un único modelo de ciencia, postulado al que Bachelard se opone, proponiendo en cambio la existencia de diferente regiones de cientificidad que definirían diferentes objetos de estudio.
La arqueología de Foucault se inscribiría en este lugar y aparecería como el cuestionamiento de una muy particular región de cientificidad que sería el Hombre, y las ramas del saber que se han avocado a su estudio: las Ciencias Humanas.
La diferencia fundamental que se puede establecer entre la arqueología y la epistemología se refiere, desde esta perspectiva, a que la arqueología no toma como eje de su cuestionamiento a la verdad (como ocurre con la epistemología); ni ningún otro criterio preestablecido, por el contrario. La arqueología se convierte así en una herramienta críti ca que permite interrogar la aparición de diversos “juegos de verdad” en los cuales se autorizan determinados discursos como verdaderos.  
El Hombre, desde el punto de vista arqueológico, resulta ser un objeto de estudio producido por estos juegos de verdad en una determinada época, que Foucault llama Episteme Moderna. Así, la Arqueología no es un método de interrogación a la ciencia, entendida esta como un acercamiento progresivo a la verdad, sino por el contrario, un procedimiento que permite interrogar a la aparición de diversos discursos, muchos de ellos no necesariamente científicos, a los que Foucault denomina “Saberes”.
De este modo, la arqueología propondría formas de explicación sobre estos saberes que la epistemología no podría alcanzar de manera satisfactoria Se trataría pues, no de una historia de la ciencia ni de la producción de conceptos científicos sino, por el contrario, de una historia de la aparición de saberes, en los cuales ni la verdad ni la razón fungen como ejes.
Por ende, no se trata de apuntar a la continuidad de un discurso que se prosiguiera, en un sentido acumulativo, desde la antigüedad hasta nuestros días. Se trata más bien de un estudio que haga aparecer cortes, estratos del pensamiento, rupturas que nos muestren determinados ordenamientos en el espacio de los saberes. Ordenamientos -caleisdoscópicos diría Foucault- que posibilitan algunas preguntas y cierran otras. Que dan cabida a ciertas respuestas y desautorizan otras. Que posibilitan algunas prácticas y extinguen otras. Así pues, el objetivo del presente trabajo será examinar el desarrollo dentro del pensamiento occidental de una rama del pensamiento que llevó a la construcción de un espacio interior de la representación, la conciencia y el discurso sobre la mente del Hombre, las capacidades perceptivas, la personalidad que le definen y los elementos que dichos discursos convocan. Es decir, al estudio arqueológico de lo que podríamos llamar un Espacio Psicológico. No se trata aquí pues de hacer una historia de la psicología al modo de Boring o Mysiak, que podrían situarse como una acumulación sucesiva de discursos y el perfeccionamiento, cada vez mayor, de una rama del saber. Por el contrario. Ahí en donde se ve la trama continua de una historicidad, donde se ve el afinamiento -cada vez mayor- de las técnicas o la definición cada vez más pertinente y clara de un objeto científico ; nosotros vemos saltos, rupturas, discursos marginales.
A través de estos discursos, de estas acomodaciones del saber y de los discursos, se propone una arqueología. Partiendo de las formas en que se ubica la relación de la mente con el mundo, cabe el estudio arqueológico que apunte al espacio donde surgen nociones como personalidad, conciencia e Inconciente. Para Foucault, desde antes de Descartes y hasta la fecha, se pueden establecer distintos ordenamientos epistémicos que han llevado a la aparición del Hombre, y con él estas posibilidades de hablar sobre él, que son las Ciencias Humanas. A saber: el Mundo Antiguo, la Época Clásica, y la Época Moderna. De manera paralela a esta construcción de lo humano, y en su interior mismo, la conciencia y el conocimiento como representación del mundo han atravesado de un extremo a otro el pensamiento occidental desde el siglo XVII a nuestros días. Poniendo en escena nuestro problema podríamos preguntar:
•¿Cómo se da la posibilidad de que aparezca un espacio teórico llamado psicología?
•¿Cuál es la arqueología de estas afirmaciones sobre el ser del Hombre que han encarnado en los diversos discursos llamados psicológicos y que se traducen, para una buena medida del pensamiento Occidental, como voluntad, razón y conciencia?
• ¿Cómo este espacio teórico de la psicología se propone en una serie de prácticas sobre los seres humanos?
• ¿En qué momento y de qué modo estos elementos agotan sus posibilidades de explicación?

Sin Foucault... Con Freud

Si bien hemos partido con Foucault, será preciso, en un determinado momento de nuestra indagación, también separarnos de él, mejor dicho, de su texto. Este momento de separación nos marca un nuevo camino: Freud y luego Lacan. De Foucault a Freud y de él a Lacan. De la Psicología al Psicoanálisis...
El Psicoanálisis reconocido por Foucault en su aspecto revolucionario en Las Palabras Y Las Cosas, es calificado después por el mismo Foucault como técnica de producción de subjetividad. Como Tecnología Del Yo; aquí no le podemos ya seguir. Por el contrario, postulamos que el Psicoanálisis se ubica en un punto de alteridad radical con respecto a los discursos psicológicos. Que el Psicoanálisis no es una Psicología. Que el terreno de su pertinencia es otro. Que ahí donde la psicología habla de un Individuo el Psicoanálisis hablará de una alteridad radical como fundante del ser del Hombre. Este elemento será pues clave para acercarnos a nuestra lectura de Freud y Lacan, la que desarrollamos fundamentalmente en la segunda parte del presente trabajo.
El corte, la escisión, - Spaltung- de la conciencia, la alteridad radical del Hombre, que el Psicoanálisis revela, nos muestran los límites del Hombre y nos permiten preguntar:
 •¿Cuál es aquí la aportación de ese descubrimiento genial de Freud que es el sujeto del inconciente?
•¿En qué momento, el Yo de la conciencia aparece desbordado por el lenguaje para que hable allí ese ser acéfalo que nos menciona Lacan?.
El trío indisociable sujeto-yo-conciencia, que pareciera poder perseguirse desde Descartes al siglo XIX, se desmorona con el descubrimiento freudiano, revelando lo frágil de su constitución por un lado, y por otro, toda una nueva serie de dominio s acaso ominosos: Muerte, Goce  y también lo que Lacan llamara Lalengua , el lenguaje hecho habla.
¿Qué puede decirse sobre el Hombre después de Freud? ¿En qué medida el discurso psicoanalítico aparece como una ruptura radical con los discursos de la psicología que le preceden?
Para apuntar a esta ruptura será preciso primero construir la aparición de un Espacio Psicológico en el cual es posible distinguir varios momentos.

El problema de los momentos

Un trabajo de este tipo presenta posibilidades de resbalar, en más de un sentido. Por parte del que escribe y por parte del que lee, al menos. Una de ellas, especialmente trascendente en el contexto que he intentado articular, la representa el problema de los momentos en que este trabajo aparece dividido. Un problema tiene que ver con la posibilidad de articular este discurso sobre una cronología de hechos: sobre una Historia. Hablar de un tiempo histórico que sería remisible, en última instancia, a una Historia de hechos que se desplegara sobre el transcurrir de los años.
Personalmente creo que una visión de este tipo presenta muchos más problemas de los que en apariencia pudiera resolver. No parece que sea posible hacer una historia de la filosofía al modo en que hacemos una historia de las guerras, las conquistas, las batallas, etc. (incluso dudo que esto sea posible). Mucho menos aún será posible intentar la historia de un pensamiento que se coloca frente al problema del Hombre y de lo humano, que de hecho surge en él y con él. Ciertamente este pensamiento se da sobre un espacio cronológico que ha de posibilitar un ordenamiento de las vidas de los filósofos y que efectivamente es posible tomar este ordenamiento como eje de una historia de la filosofía. Pero, ¿En que momento hacemos aquí filosofía? ¿La cronología indica un proceso histórico? ¿No será mejor remitirnos a un momento lógico más que cronológico?
Podría haber intentado algo similar: una historia de los discursos de la psicología, pero creo que esta tarea ya está hecha. Por otro lado, una historia de este tipo, hecha desde un presente, tiene como función el ordenar y construir una suma de hechos que justifica, sostiene y mantiene la vigencia de ese presente. El autor, o la filosofía que éste sostiene aparecen así, intencional o incidentalmente, como el eje final al que se dirigirían todos los discursos anteriores. No pretendo haber superado este problema. No pretendo tampoco intentar hablar desde un mitológico “afuera”. Sé bien que no es posible. Sólo lo apunto. Aquí quiero simpatizar más con la noción foucaltiana de “la muerte del autor” . Dejar que el discurso hable, establezca su positividad y su verdad. He decidido pues tratar de tomar otra vía, que si bien es posible ubicar al interior de una cronología, ello no significa que se agote en ella, o que la cronología se instaure como su carácter fundante. He ubicado así 4 “momentos lógicos” de articulación teórica. Alguno de ellos (al que he llamado Mundo Antiguo) se extiende en un espacio de casi dos mil años (siglo III a.C. a siglo XVI), otro de ellos (la Época Moderna) apenas sobrepasa, discursivamente hablando, los 100 años. Grosso modo estos momentos coinciden con parte de lo desarrollado por Foucault en Las palabras y las cosas , es decir: “con Foucault”.
Una conceptualización de este tipo -por otro lado- implica además entender la posibilidad de dos espacios, en modo alguno excluyentes: Uno conceptual (teórico, discursivo) y uno de las prácticas. El primero -de lo conceptual- en donde la aparición del nuevo modelo implica un claro corte en relación al modo de pensar anterior. La aparición de una nueva problemática, que antes, simplemente no existía, articulada en los términos en los que se hará a partir de dicho momento. Sin excluir ello que un pensador cronológicamente posterior fuese en realidad conceptualmente anterior a la aparición de un pensamiento. Un buen ejemplo de esto me parece lo ubicamos en la problematización que se juega al interior de la Psicología del Yo, cuya aparición puede situarse a principios de la década de los 30’s del presente siglo, y a partir de la obra de Anna Freud; pero que conceptualmente es anterior a la misma elaboración freudiana, en la que pretende afirmarse, la que es cronológicamente anterior en más de 30 años.
De seguir una elaboración cuyo eje fuera primordialmente histórico, la Historia haría aparecer problemáticas fácilmente superables si el criterio cronológico no imperara. Por esta razón he elegido poner en suspenso un discurso histórico que, sin embargo, se mantiene latente a lo largo de todo el texto. Por otro lado, en el espacio de las prácticas, encontramos problemas análogos a los que una estructuración cronológica haría aparecer. Cuando me refiero al Mundo Antiguo, los ejemplos privilegiados son el horóscopo, la Astrología y la Alquimia. Sería absurdo suponer que un espacio de prácticas de este tipo se extinguió con el paso del mundo antiguo a la época clásica. Hoy en día -quinientos años después- una práctica como la astrología sigue siendo ampliamente utilizada y mentiríamos si dijésemos que se trata de algo marginal.Lo que si ha cambiado, es su lugar dentro de una corriente dominante del poder y de saber, su lugar como espacio del saber (su espacio discursivo y su espacio de lo conceptual) y su lugar al interior de los conocimientos ampliamente aceptados por una “comunidad científica”. Pero, cautela en este punto. ¿Acaso no se han hecho recientemente estudios sobre, por ejemplo, la influencia de la Luna en los suicidios, en los crímenes y en los accidentes...?
Si bien podemos hablar de cortes en el espacio en que se constituyen, y organizan los saberes (lo conceptual), es igualmente posible determinar la aparición de prácticas radicalmente novedosas. La aparición de miradas nuevas, de modos nuevos de un “hacer” sobre el mundo de los Hombres. Ello no implica que el universo definido por la práctica anterior desaparezca de tajo. Por el contrario, puede durar muchos años, siglos, -¿por qué no?-. Se entremezcla, se diluye en las prácticas nuevas... las impregna e incluso las puede retrotraer a un momento conceptual anterior.
Nuestra tarea se enfoca pues a señalar aquí una peculiar articulación de los saberes que no necesariamente excluirá otras. No hablamos de Cronología sino de Arqueología, es decir, de la posibilidad de establecer cortes, capas, estratos quizá, acerca de la manera en que se articuló el pensamiento sobre el ser del Hombre. En este espacio de más de dos mil años, un espacio en el que se conceptualizaron el carácter, las enfermedades, los ánimos, la personalidad, etc. Un espacio que también definió una praxis y un modo de ejercicio sobre los cuerpos, una manera de organizar la mirada sobre los Hombres, sobre las enfermedades, y al mismo tiempo una manera de estructurar una erótica, una dietética, una economía, una clínica y una forma de reflexión sobre el ser del Hombre. Grosso modo, he propuesto dividir el análisis en cua tro momentos:
•Mundo antiguo: Es preciso aclarar aquí el manejo que de estos conceptos hacemos. Entendemos por mundo antiguo un espacio temporal de límites poco claros y poco bordeables que se ubica con anterioridad a la Época Clásica. Con anterioridad al siglo XVII en un sentido temporal y en un sentido filosófico, anterior al pensamiento de Descartes.
¿Desde dónde se extiende este pensamiento? Con gran seguridad abarca lo que en otros terrenos hemos podido ubicar como el Renacimiento. Igual cosa podría pensarse a partir de las referencias a pensadores como Agrippa (1486-1535), Paracelso (1493-1541) o Van Helmont (1577-1674) que se encuentran distribuidos prácticamente en un espacio de más de 150 años. La posterior referencia que haremos al problema de los universales nos remite a la Edad Media, lo cual extiende en gran medida el criterio cronológico. Por otra parte, uno de los ejes que aquí proseguiremos, la teoría humoral de Hipócrates (460 - 377 a.C.) va mucho más allá en el tiempo y su utilización amplia como fundamento metodológico casi alcanza los dos mil años; ya como aplicación directa (práctica) o como fundamento teórico. Si nos remitimos a las condiciones de los astros, como hacemos desde el primer renglón del primer capítulo, es muy probable que nuestro espacio cronológico se disperse aún más. Así una designación como Mundo Antiguo parecería hacer referencia a un periodo que podría extenderse desde la antigüedad griega hasta bien entrado el siglo XVI, sin que esto excluya que gran parte de este pensamiento perdurará de modo práctico aún hasta el siglo XVIII o principios del siglo XIX o incluso el siglo XX.
Nuestra primera hipótesis es que en este espacio al que hemos llamado mundo antiguo, el Hombre aparecía ocupando una función de puente entre el Macrocosmos y el Microcosmos. De este modo lo “mental” aparece como la versión interna de la idea, que recibe su fundamento de una exterioridad metafísica. Es el momento para buscar las relaciones ocultas que unen el Macrocosmos con el Microcosmos. Es lo que Foucault llamara el orden de la semejanza.
En la época antigua, es posible distinguir dos mundos, el mundo de lo infinitamente grande (Macrocosmos) y el mundo de lo infinitamente pequeño (Microcosmos ) El Hombre ocupa aquí el espacio de un puente mediante el cual se unen los cielos y la tierra. “Lo de arriba es igual a lo de abajo”, esta es la divisa hermética, Macrocosmos y Microcosmos están unidos. A los cuatro elementos corresponden los cuatro humores; el exceso de uno de estos humores provoca en el Hombre un determinado trastorno. Es posible seguir así a través de la trama de la semejanza el orden del mundo y las relaciones ocultas que unen a lo macrocósmico con lo microcósmico. El Hombre sólo es un medio, un puente sometido también a las leyes de la semejanza.
•Posteriormente sería posible mencionar una construcción teórica análoga a aquella que Foucault teoriza como Época Clásica. Aquí lo que sirve de eje a nuestra indagación es un discurso centrado fundamentalmente en los fenómenos de la sensación y del modo en que el mundo se hace presente ante nuestra mente. La representación como fundamento epistémico y los discursos sensualistas (de Descartes a Condillac pasando en parte por Berkeley, Hume y Locke hasta La Mettrie) hayan aquí su terreno. Cronológicamente creemos prudente partir de Descartes y establecer su agotamiento en el pensamiento de Kant.
El Discurso Del Método n particular -y en general una buena parte de la obra de Descartes- implica una ruptura con el pensamiento filosófico anterior; a la vez que la aparición de una nueva manera de cuestionar el terreno de las experiencias empíricas de lo que ocurre a los Hombres. Ya en los Principios Para La Dirección Del Espíritu, Descartes ubica al cerebro como asiento del alma humana, así la sensación, si bien requiere de los elementos del cuerpo, se produce finalmente en el cerebro. Esto lleva a la conclusión, ya sostenida por Kelly de que en el pensamiento cartesiano, el error no puede darse desde la sensación, sino sólo en el juicio. Así pues una preocupación que se alza en el espacio discursivo del siglo XVII, consiste en determinar las relaciones entre las cosas y el espacio de la mente. Cuestionarse así por la sensación, por las maneras de la percepción, interesarse en el estudio de los órganos de los sentidos, en especial el ojo. Así es el espacio del estudio de las percepciones uno de los elementos principales en los que en la época clásica aparece el cuestionamiento por los hombres.
Igualmente, señala Foucault, podemos sostener que el fundamento de la episteme clásica se encuentra en la Representación, es la representación la que permite ordenar el mundo de las cosas partiendo de las palabras. De este modo vemos dos movimientos, uno primero que parte del mundo a los órganos (el camino de la percepción y la sensación) que permite establecer el mundo de las cosas; y a la inversa el orden de las representaciones que cuadricula el mundo de los seres en una trama sostenida sobre el lenguaje.
•Este ámbito de competencia discursiva será ocupado posteriormente por un nuevo tipo de discurso. En lo que se habrá de llamar la Época Moderna el problema se ha de centrar en la noción de Personalidad. Las diferencias entre los Hombres, los caracteres, las opiniones y las formas de pensar que hacen a un Hombre radicalmente distinto de otro, y el elemento trascendental que prevalece, haciéndolos a todos Hombre. Discurso, ya marginado sin duda, pero esencial en nuestra articulación es la llamada Frenología de Gall.
Gall hace aparecer en el espacio de la discursividad el problema de la individualidad, en oposición al discurso anterior, fundamentado en la idea del Hombre como un trascendental. El problema de las diferencias entre los Hombres, es a la vez el problema de la individualidad. Aquí proponemos, también hallará su lugar el discurso psiquiátrico moderno; que se extiende sobre la imagen de un continuum que lleva de la normalidad a la patología.
 Posteriormente, en el paso entre el siglo XVIII y XIX, esta discursividad, esta episteme se trastoca, la representación deja de ser el eje merced al cual se ordena el mundo de las cosas. Kant juega aquí su papel. Al plantear las condiciones en las que es posible toda experiencia, separa el mundo en una exterioridad y en una interioridad. Al hacerlo aparece el Hombre como un duplicado empírico- trascendental. Como sujeto de un conocimiento y al mismo tiempo como objeto que puede ser conocido. Surge así un nuevo interrogante: ¿Qué es el ser humano? Surgen, gracias a este giro retórico, las ciencias humanas. Como dirá Foucault: “...en aquel tiempo no era posible que se alzara, en el límite del mundo, esta estatura extraña de un ser cuya naturaleza (la que lo determina, lo sostiene y lo atraviesa desde el fondo de los tiempos) sería el conocer la naturaleza y a sí mismo como ser natural.”
El surgimiento del Hombre como problema filosófico despierta en la cultura occidental una serie de preguntas: sobre el Hombre como ser económico; Sobre qué es aquella conciencia que lo define; sobre qué son aquellos extraños hombres de los que hablan los viajeros y que se comportan de maneras tan extrañas. Diremos con Foucault: “Cuando la historia natural se convierte en biología, cuando el análisis de la riqueza se convierte en economía, cuando, sobre todo, la reflexión sobre el lenguaje se hace filología y se borra este discurso clásico en el que el ser y la representación encontraban su lugar común, entonces, en el movimiento profundo de tal mutación arqueológica aparece el Hombre con su posición ambigua de objeto de un saber y de sujeto que conoce...”
Entre todos estos elementos, el problema de la conciencia aparece como uno de los que más resiste a su derrumbe. El problema de la conciencia abarca, como ya se indicaba anteriormente, preguntas en torno a qué es lo que se conoce, y cómo el Hombre se relaciona con su objeto para representarlo, es decir el problema de la teoría del conocimiento, y hace aparecer en escena lo que llamamos el discurso psicológico. Una nueva área del conocimiento dedicada al estudio de la conciencia, de las relaciones entre el mundo y el ser humano, de la percepción y la sensación; el estudio de los contenidos de la conciencia. Manifiesta además la posibilidad de que surjan nociones como conciencia y personalidad, ese elemento que define al Hombre como una individualidad.
Este discurso implica que el Hombre, en cuanto tal, y en la medida en que aparece definido como una conciencia aparece también como dueño de sus actos, de su voluntad y de sus deseos. El Hombre como ser que conoce y que se conoce a sí mismo en el mundo. El sujeto del conocimiento y el objeto del mismo, son uno en el Hombre, se llama de ahora en adelante el Yo.      
 • Por nuestra parte postulamos un cuarto momento -que tentativamente hemos nominado como Postantropológico, aparecerá -igualmente en discontinuidad- con el discurso moderno a partir de la postulación del Inconciente freudiano. Al que entendemos como una ruptura radical entre el sujeto y la conciencia. Ruptura de la noción de individualidad (valga el juego de palabras).Este elemento ha de ser llevado posteriormente a su culminación por el trabajo lacaniano. La postulación de una imposibilidad radical del Ser. No de un Impensado que se opondría al Cogito como lo trabaja Foucault sino de un Impensable .

Más allá del Principio del Placer   Espacio oscuro y ominoso. Garante del ser. Goce . Luego de trazado este desarrollo general, trataremos de sostener que el Psicoanálisis nos muestra una serie de grietas y hace aparecer también una serie de cuestionamientos a la moderna figura del Hombre y a los discursos psicológicos. Postulamos igualmente que al colocarse en una posición crítica respecto de las ciencias humanas, el Psicoanálisis abre al pensamiento una nueva área de terrenos: “lo lenguajero”, los saberes del Inconciente, la ética del Deseo, la femineidad, el Goce, lo siniestro... La peste...
Un nuevo momento arqueológico puede definirse con la aparición del discurso del Psicoanálisis, el cual significa un fuerte cuestionamiento a la doctrina que hace sinónimos mental y conciencia así como a este Yo, que se abroga como representante de la razón y de la voluntad. Freud demuestra que aquellas cosas, inexplicables si consideramos a la mente como sinónimo de conciencia, tienen sin embargo, un sentido, significan algo. Se permite así, explicar la génesis de la histeria como producto de un  conflicto entre los deseos reprimidos y los reproches morales provenientes de la conciencia, y antes que de ella, de la cultura. La postulación del Inconciente, permite además explicar y dar un sentido a aquellas cosas que para el conocimiento anterior sólo se presentaban como errores, o actos automáticos,  así como explicar además aquello que se consideraba producto de desecho de la actividad mental, como es el caso del sueño. La teoría del Inconciente propone que, en el ser humano, existe un dominio desconocido para nosotros, el cual determina en gran parte nuestro actuar. En consiguiente, la teoría del Inconciente representa una ruptura radical con la psicología del siglo XIX y la psicología actual, que se manifiestan como un estudio de lo mental en cuanto conciencia, o en el estudio de la conducta, ya que la principal característica del descubrimiento de Freud, consiste en la separación radical entre el sujeto del Inconciente y el Yo. Si algo señala Freud es que, en el chiste, el lapsus, el sueño, el síntoma, las formaciones del Inconciente, hay un sujeto que habla, allí donde el Yo calla -el Yo entendido como este representante de la conciencia-, donde el Yo se tropieza, donde surge el sentido como un acto fallido, donde el sueño aparece como la vía regia al inconsciente, es decir cuando el Yo no aparece de por medio. El Psicoanálisis consiste en señalar este sentido, en poner en suspenso al Yo -función de desconocimiento- y dejar hablar a ese discurso. La obra de Freud permite romper la falsa unión sujeto-conciencia, mostrando la excentricidad que existe entre estos dos términos: que el Yo es excéntrico al sujeto.
La propuesta freudiana rompe la idea de este Yo como dominio de la razón y la ubica como un mero espejismo que el ser humano necesita para afirmarse en su pretensión de la conciencia como garante de sí mismo, lo cual lleva a la ocultación del elemento fundamental que determina lo humano, el Deseo (Wunsch).
El Deseo como producto de la existencia del lenguaje. En este terreno, el Yo- conciencia, aparece como detentador de un orden de pensamiento, en el cual lo humano ubica su racionalidad, defendiéndose de la intromisión del Deseo de lo irracional que marca su aparición, el Yo permite estructurar una versión de la realidad, misma que no puede ser sino negación, desconocimiento del Deseo. En esta línea, entendemos que el Psicoanálisis freudiano muestra toda una esfera de elementos que se encuentran más allá de la noción de lo pensable (Goce, Muerte) y apuntan a la alteridad constitutiva en lo que lo humano se enraíza. Las nociones de Yo, racionalidad, vida, lenguaje y conciencia tienen una segunda cara oculta; como la doble faz de una moneda. De la episteme clásica y sus dominios (seres vivos, análisis de las riquezas, análisis de las lenguas) Foucault nos muestra el discurso de una metafísica trascendental que se ve revolucionada en la episteme moderna por los conceptos de vida, análisis de la producción y lenguaje, los que nos llevan a la aparición de una analítica de la finitud en donde hace su aparición el Hombre.
El fundamento de esta analítica se encuentra en el Deseo. Deseo que es mostrado -a contracorriente del pensamiento occidental- por Freud, el Deseo se encuentra en el fundamento de la constitución de lo humano y va más a allá de la conciencia la racionalidad y la voluntad. Más allá de Freud, Lacan nos muestra un más allá del Deseo: el Goce. Espacio inaccesible. Límite último de lo humano. Espacio terrible de la muerte. Desmoronamiento y garantía del ser.
Examinar esta otra cara, acercarnos a este terreno prohibido y velado para el pensamiento occidental, descubrir estas fronteras y mostrarlas será la tarea que trataremos de emprender.