Piano al mar...


  
A veces, pocas, o muchas menos de las que quisiéramos o necesitáramos, ocurren ciertas cosas que es preferible dejar como un misterio, pues su explicación, generalmente banal, implica una pérdida.
Que belleza hay en un encuentro fortuito, cuando de pronto, caminando por la calle te encuentras frente a frente con una mujer hermosa y por un segundo tu mirada y la de ella se cruzan, luego volteas y la ves alejarse sin mirar atrás, y piensas que si volteara en este momento encontraría que tu  mirada va tras ella perdiéndose en la belleza de su cuerpo que el cruce de miradas hizo aún más bello. No es así, la mirada solo duró ese instante y alegró tu día.
 Pocos encuentros tan venturosos como el de la bella durmiente del avión, que relata, con su prosa magnífica, García Márquez. Quizá esa mujer tenía una voz horrible o era una pendeja consumada; para qué saberlo, basta con el encuentro, con dormitar a su lado para que por algunos días la vida adquiera un sentido de milagro.
Serrat habla, o mejor dicho nos canta,  de aquellas pequeñas cosas que de pronto aparecen en nuestra vida por un solo instante para traernos el recuerdo de un tiempo, acaso un paraíso perdido; el juguete de la niñez, ahora tan nimio, pero que de pronto nos retrotrae a un pasado, que como todo pasado, nunca fue. Otras veces, esas pequeñas cosas hacen aparecer un dolor profundo, una tristeza tan absolutamente particular que se transforma poco a poco en felicidad y en esa transformación nos pone de nuevo en esa distancia que el pasado nos da. Encontrar de pronto la foto de la mujer que amábamos y nunca nos amó, una carta de despedida o un torpe poema adolescente que ahora mueve a risa, pero en su tiempo coagulaba toda la ingenua ternura de los 15 años.
A veces, estas cosas nos son absolutamente ajenas y uno deviene solo un espectador de la sincronía del mundo, sincronía que sabemos irreal y que simplemente es la forma en que nuestras emociones encuentran una referencia ajena, absolutamente casual.
Así, sabemos que hace unos días, en la ciudad de Miami,  “apareció” -la palabra es justa-  no “se encontró”, no “hallaron”, sino “apareció” un piano de cola sobre un banco de arena.
Seguramente, la explicación es banal, tonta o absurda, por eso prefiero no saberla. Cuando se explica un truco mágico se pierde la maravilla, la explicación suele ser simple y menos rebuscada de lo que uno quisiera. No quiero saber, sino contemplar, sino resaltar la belleza casual del hecho y que en su casualidad se agote. ¿Puede haber algo más bello que un piano de cola en un banco de arena? , por favor, que nadie lo toque, que el viento y las olas salinas lo deshagan poco a poco, así la magia de ese instante perviva para el paseante ocasional que lo mire. Que sea como una escultura que el azar nos ofrece . Que no se convierta en basura, que no se degrade al ser tocado, y mucho menos al ser explicado.

Comentarios

Ocadize ha dicho que…
Me hace pensar en el recorrido analítico, ya sea de-formación, teórico, en el diván, transmisión... y cómo siempre está la imposibilidad de cerrar, de concluir. ¿Cómo llegó el piano allí, y antes de eso, y antes... y si...? ¿Qué queda ante eso? Que cada quién responda.

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