Hoy hace 40 años.




Un mes como este, hace cuarenta años, ocurrió un suceso que marcó mi vida, así como la de muchos hombres y mujeres y los que en ese entonces éramos niños.
Puedo decir que fui relativamente afortunado pues no perdí a ninguno de mis seres queridos en esa época terrible de las dictaduras latinoamericanas y de la operación Cóndor. Mis padres no fueron detenidos ni torturados, gracias –supongo- a la suerte. Sin embargo, como muchos otros hubieron de emprender el camino del exilio tanto de su tierra como de su vida.
En 1973 acababa de cumplir nueve años  y mi vida no difería mucho de la de los niños de mi edad. Una escuela que detestaba y por la tarde jugar con los amigos. No faltaban tampoco las famosas colas para comprar aceite, azúcar, tallarines o lo que hubiera, misión en que yo y mi hermana solíamos acompañar a nuestra madre.
¿Qué podíamos saber de política los niños de entonces? Todos nuestros miedos y temores provenían de los adultos. Iba a haber un golpe de estado, oíamos por el lado de mis padres; mientras que mis tíos y tías maternos, todos ellos “momios” como se llamaba en Chile a la gente de derecha, vaticinaban la llegada del comunismo internacional (esa era la frase).
Pues bien, no vino el comunismo, pero sí una dictadura atroz que costó miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados. Entre ellos  mis padres y como consecuencia, nosotros.
El día del golpe de estado íbamos camino a la escuela cuando se empezó a escuchar por la radio que el ejército se había alzado en Valparaiso. Unos meses antes había ocurrido algo similar en Santiago así que no quedaba muy claro qué era lo que en verdad ocurría. Regresamos a nuestro departamento en medio del frio de septiembre y ahí nos enteramos por la radio (la TV sólo trasmitía episodios del coyote y el correcaminos) de que el golpe se había consumado. Pude oír al presidente Allende dando al mundo y a la historia sus últimas palabras, donde prometía y auguraba, que más temprano que tarde se abrirían las grandes alamedas.
Han pasado 40 años de ese discurso final y cada vez que lo escucho, e incluso solo cuando pienso en ello, no puedo dejar de escapar unas lágrimas, supongo que algo de mi niñez quedó indeleblemente marcado en ese momento.
Mi padre desapareció por esos días. Él era funcionario del gobierno y miembro notorio del Partido Socialista. Lo más probable era –todo mundo nos decía- que estuviera detenido en el Estadio Nacional. No se podía salir a la calle por el toque de queda. Días más tardes una patrulla de soldados llegó a la casa preguntando por Miguel Escobar, esa fue la señal de que no estaba detenido. Pasaron y revisaron por todos lados, buscaban armas, decían. Obviamente no encontraron nada. Debo reconocer que fueron respetuosos  y que no nos hicieron daño a ninguno de nosotros.
Un día una llamada telefónica terminó con la angustia. Era mi padre que avisaba que estaba asilado en la embajada de México. Él llegó en julio de 1974 y nosotros le seguimos meses después, el 25 de marzo de 1975.
Llegar a México para mí fue una mezcla de sensaciones. La novedad de conocer otro país era un gran incentivo y una maravilla. Recuerdo que todos esos meses mi expectativa había sido conocer Teotihuácan, y cuando al fin lo hice no cabía de alegría.
Mis padres decían que Pinochet caería pronto y podríamos volver a nuestra vida, a nuestra escuela y a nuestro país. Supongo que para ellos tres o cuatro años eran poco. Para un niño de diez eso era todo lo que podía recordar de su vida. No fueron ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni diez sino casi veinte lo que duró la dictadura.
Poco a poco la expectativa de volver a mi vida se deshizo. Mis amigos ya no estarían. Habíamos perdido nuestro mundo para siempre. Sin embargo yo no podía tampoco hacer vínculos en México. Envidiaba profundamente a mi hermana que en poco tiempo había hecho amigas que hasta el día de hoy conserva. Yo jamás pude vincularme así. Siempre fui “el chileno”, nunca Héctor, en cambio de mi hermana nadie reparaba en su nacionalidad ni en su acento que había perdido totalmente.
De ese modo pasó gran parte de mi adolescencia en un exilio de mí mismo, antes que del país. Un exilio que me era profundamente ajeno y en el cual estaba atrapado sin poder hacer nada sino esperar.
Al final de mi adolescencia pude vincularme poco a poco con algunos amigos que hoy conservo. Fueron el futbol, la música, los libros y un programa de televisión en que empecé a participar, los que me permitieron crearme esa pequeña isla de existencia.
El tiempo siguió pasando, perdí casi totalmente mi acento, estudié mi carrera, viví. Me enamoré de una mujer con quien viví los mejores años de mi vida, aunque ahora ya no estemos juntos, y con quien fuimos padres de dos hijos maravillosos.
Cuando nacieron mis hijos, algo se transformó en mí. Por primera vez sentí que volvía a estar en mi país. Era otro pero era mío. Al fin pude llegar.
Volví a Chile por primera vez en 2002; pude haberlo hecho antes pero siempre lo evité. ¿Miedo, angustia? No puedo decirlo porque no lo sé. Solo sé que cuando volví reconocía perfectamente las calles de mi niñez, cerca del parque Cousiño, que ahora se llamaba Bernardo O’Higgins. Recordaba, los nombres de las calles, las fachadas de las casas, incluso algunos árboles y tiendas que sobrevivían, como una panadería en la esquina de Roberto Espinoza y Santiago. Recordaba todo de un modo casi alucinado, dónde ir, cómo llegar, el sabor de las calugas, del helado de lúcuma y de los alfajores chilenos…
Igual me pasó con el centro de la ciudad que de niño recorría con mi tía abuela que solía llevarme al circo de las Águilas Humanas o al cine santa lucia o a ver películas de Raphael y de Sandro.
Sé que soy, por ventura, un hombre doble. Fui un niño a quien  el destino lo apartó de su patria y que mi dolor no se puede comparar en absoluto con el de esos otros niños que perdieron a sus padres, asesinados, torturados o simplemente desaparecidos. Pero también soy un hombre que pudo construirse y construir otro espacio donde habitar, el mundo.
Mis padres murieron en México hace algunos años y acá están con nosotros. Mi padre es recordado por sus alumnos como el excelente maestro que fue, fundador de la ENEP Acatlán.
Me traje de Chile la poesía de Neruda, de Mistral y Oscar Castro y en México me encontré con Sabines y Pellicer. Traía en mi boca el sabor de las humitas para encontrarme con el sabor del tamal. Abro los ojos y no veo la cordillera que acompañaba mi niñez, pero veo a mis hijos y eso llena todo el espacio que cavó el dolor. Sé que ha habido y seguramente habrá penas pero pero sé que siempre habrá alegrías.
Por todo eso, gracias México.


Comentarios

Mariana U. ha dicho que…
Héctor, me conmoviste mucho... qué bonito escribes, qué ben que le puedas dar todo un sentido a una experiencia tan dura.

Un abrazo
Héctor Escobar ha dicho que…
Mil gracias Mariana. Un abrazo. :)
Ocadize ha dicho que…
Siempre agradezco estos textos, en los que uno se expone, se apuesta, habla desde/con el corazón. Un texto cálido y conmovedor.

Entradas populares de este blog

Con Trump no hay incertidumbre.

EL imperio de la Postverdad